lunes, 26 de septiembre de 2011

Élmer Mendoza y las ‘narconovelas’

“Ningún país acabará con el narcotráfico”, afirma Élmer Mendoza.

Podría tratarse de un macabro suceso narrado en una nueva novela del escritor mexicano Élmer Mendoza, quien también el pasado sábado, acompañado del español Arturo Pérez-Reverte, participara en los coloquios de los recientemente clausurados encuentros literarios del ‘Hay Festival’, que celebró su ya sexta edición en la castellana ciudad de Segovia, los días 17 al 25 de septiembre. Sin embargo, la literatura –en este caso la de Mendoza, patriarca de la norteña, más conocido como autor de ‘Balas de plata’– es desgraciadamente un fiel reflejo de la realidad.

Una realidad en muchas ocasiones feroz y sanguinaria, como ha sido la de los hechos de los que tuvimos noticia el pasado domingo –aunque acaecidos el mismo día que Élmer Mendoza conversara en el acto público con Pérez-Reverte–, cuando conocimos el horrible crimen perpetrado con de-capitación y desmembramiento del cuerpo de María Elizabeth Macías, de 39 años de edad, redactora jefe del diario mexicano ‘Primera Hora’, desaparecida desde el día anterior, hallada a primera hora del sábado en un barrio de Nuevo Laredo, Tamaulipas, que fue asesinada de forma cruel e ignominiosa por denunciar en las redes sociales de Internet (donde firmaba como ‘La nena de Laredo’) a varios narcotraficantes miembros del crimen organizado, según informaría a los medios de comunicación la Fiscalía del citado estado de México, fronterizo con los EE UU.

Y es que, en México, todo lo que tiene relación con el narco forma parte y asume su reflejo en distintos aspectos de la cultura de ese país, como son del folklore norteño los populares narcocorridos –de Tamaulipas o Sinaloa, entre otros estados mexicanos–, compuestos para rememorar o exaltar sucesos o individuos ligados con el narcotráfico, hasta el punto de ser los propios narcos los que los animen sufragando a los grupos musicales autores de estos corridos –actualmente prohibidos en las emisoras de radio nacionales–, y que por supuesto también trasciende por fuerza a la literatura, como así nos lo explicara en el encuentro Arturo Pérez-Reverte, autor de ‘La reina del sur’ (novela traducida a 27 idiomas, de éxito sin precedentes en México), y Élmer Mendoza, autor a su vez de la reciente ‘La prueba del ácido’, a quien por cierto en el coloquio se le preguntó su opinión sobre la posibilidad de legalizar la droga, contestando iró-nicamente escéptico que eso sería factible quizá “en cien años”.

En su última novela, la cual es imposible leer sin el marcado acento mexicano que caracteriza a su autor en el empleo del argot o los coloquialismos, el diestro escritor Élmer Mendoza, nacido en 1949 en Culiacán, en el estado de Sinaloa, vuelve a retomar al detective protagonista de ‘Balas de plata’, es decir a Edgar “el Zurdo” Mendieta, que en esta ocasión está encargado de investigar el asesinato de una bailarina de un club de striptease llamada Mayra Cabral de Melo, enfren-tándose entretanto con el FBI, o el contrabando de armas entre otras calamitosas vicisitudes y entuertos que para nada desmerecen las truculentas historias de Cormac McCarthy, mostrando la violencia y la corrupción que genera el narcotráfico en su país.

El día 13 de septiembre pasado, dos jóvenes más fueron asesinados y colgados de un puente de la citada ciudad del estado de Tamaulipas; al parecer, por utilizar las mismas redes sociales revelando situaciones de inseguridad o peligro en la lucha que mantiene el gobierno mexicano contra el crimen organizado. Con lo que, según ‘Reporteros sin Fron-teras’, en lo que va de año y sumando a la periodista Macías, serían once los reporteros que han sido víctimas del crimen organizado en México. Un país donde la práctica del periodismo supone ejercer una profesión de alto riesgo.



Más información

Página web de ‘Reporteros sin Fronteras’

Crónica de una entrevista norteña.
Una charla con Élmer Mendoza.


Enlace de interés

Página web oficial del ‘Hay Festival’


Fotografía de Élmer Mendoza © Fernando Torres

viernes, 16 de septiembre de 2011

Muere Walter Bonatti, el héroe del K 2


Walter Bonatti falleció en Roma en la madrugada del pasado día 13 de septiembre, a la edad de 81 años, debido a una enfermedad. El féretro del alpinista, escritor y periodista fue trasladado a la ciudad alpina de Lecco, donde se instaló la capilla ardiente, según informó a la agencia EFE la editorial Dalai, que ha publicado el grueso de su obra literaria, basada en sus viajes y ascensos a las cimas de sus montañas.

Una noche de crudo invierno, estando en su vieja casa de la Rue des Grands-Augustins, Gaston Rébuffat se asomaba a la ventana de la estancia para contemplar una vez más el firmamento estrellado. Aunque en aquella ocasión, en la escueta panorámica de cielo que le permitían observar los edificios y la ausencia de nubes, las estrellas que viera festonearan solo los abuhardillados tejados del céntrico distrito 6º, y no las cimas de sus amadas montañas. Sin embargo, en ese silencio y con aquel frío del invierno de París, Rébuffat quería imaginar, como de seguro así sería, que la nieve de los Alpes estaría helada.

En el centro de la gran ciudad, pero junto a los árboles y al río Sena, inspirar el gélido aire de la noche a través de la ventana abierta le hacía recordar la naturaleza a la que se sentía tan íntimamente unido en su pasión por el alpinismo.

En aquellos precisos momentos, en los que, como él lo hacía desde su habitación, los alpinistas atisban el cielo nocturno para saber el tiempo que hará cuando de madrugada emprendan la escalada, Rébuffat se encontraba redactando sobre su escritorio unas líneas que había interrumpido para el prólogo de su libro ‘Étoiles et tempêtes’ (Estrellas y borrascas). El célebre libro en el que inmortalizaría las famosas seis caras norte alpinas: Grandes Jorasses, Drus, Piz Badile, Cima Grande di Lavaredo, Cervino y Eiger.

Montañas que, en la misma estela y vocación alpinística que Rébuffat, pues también fue guía alpino de alta montaña al igual que éste, el legendario escalador italiano Walter Bonatti ascendería en condiciones muy extremas, dejando su im-pronta en las paredes del por entonces aún virgen granito de los Alpes.

Nacido el 22 de junio de 1930 en la ciudad de Bérgamo (Lombardia), en el seno de una familia trabajadora, Bonatti pronto dejaría su vida en aquellas calles señoriales de la elegante capital lombarda que le vio nacer para trasladarse a Monza; y desde allí, en sus vacaciones veraniegas, a Vertova de Valseriana, donde tomaría contacto con la montaña por primera vez atraído por el monte Alben, que tanto le fascinaba. Una pequeña cima de poco más de dos mil metros de altitud situada en los Prealpes Bergamascos, que a una edad temprana avivó en él su espíritu de montañero y su amor por la naturaleza y los grandes espacios, salvajes escenarios para la práctica del alpinismo.

Considerado por muchos aficionados y otros escaladores expertos el mejor alpinista de la historia, tan míticas como él son sus aperturas, ascensiones y vivacs. La cara norte de las Grandes Jorasses en 1949; la cara este del Grand Capucin en 1951; las caras norte de las Tres Cimas de Lavaredo en el invierno de 1953; la controvertida expedición al K 2 y su forzoso vivac al raso a 8.100 metros de altitud, con el hunza Mahdi en 1954; la primera en solitario al pilar suroeste del Petit Dru en 1955, tras cinco días en la pared, progresando entre diedros y placas de granito vertical, llamada desde entonces y para siempre ‘Pilar Bonatti’; el Gasherbrum IV en el Himalaya en 1958; el complicado 'Pilar rojo de Brouillard' en el Mont Blanc, con Oggioni en 1959; el Rondoy North en la Patagonia en 1961; la ‘Directa’ del Freney en 1962, una vía de 800 metros de longitud entre el Pilar Central y la cresta de Peuterey, que culmina directamente en la cima del Mont Blanc; la primera invernal de la ‘Walker’ en las Grandes Jorasses, que realizara en enero de 1963, junto a su compañero de cordada, el camarada Zapelli; o la ascensión que realizó en solitario en pleno invierno del año 1965 a la pared norte del monte Cervino o Matterhorn, conocida como ‘Bonatti’ y su ‘Travesia degli Angeli’, tras cinco días de dura escalada, cuatro vivacs y un frío insoportable. Hazaña épica del montañismo tras la cual colgaría las botas y se retiraría del alpinismo, a los 35 años de edad, para dedicarse al periodismo. Pero gracias a su consecución, redimido ya del inmerecido descrédito granjeado injustamente tras la polé-mica expedición al K 2.



Bibliografía


‘Montañas de una vida’, Walter Bonatti

‘Estrellas y borrascas’, Gaston Rébuffat


Fotografía de Bonatti en el vivac del Cervino © Paris Match

domingo, 11 de septiembre de 2011

Antero de Quental y el 11-S


Casi totalmente eclipsado por el 10º Aniversario de los aten-tados suicidas del World Trade Center y el Pentágono, acaecidos aquel funesto 11 de septiembre de 2001, y también en parte por las noticias de las difíciles circunstancias por las que actualmente atraviesa Portugal, pues el pasado mes de mayo recibió un multimillonario rescate financiero a cambio de un riguroso plan de ajuste, hace ahora justamente 120 años Antero de Quental se embarcaba rumbo a su ciudad de origen, Ponta Delgada (Isla San Miguel), en lo que sería un doliente viaje sin retorno. Poco después, también un fatídico 11 de septiembre, se dispararía en la boca dos balas de revólver frente a un convento de esa misma ciudad de las Azores, en cuya fachada, paradójicamente, podía leerse en un letrero la palabra “Esperanza”.

Estaba claro que para Antero de Quental, desesperado y sin visos de ser rescatado emocionalmente, pues se encontraba sumido en una profunda depresión, esa palabra significaba algo que ya había perdido todo su valor taxativo o sentido esencial para él posible, por más que consuetudinario y vital sea el dicho y la determinación de mantenerla siempre hasta el final, siendo precisamente ésta lo último que se pierda en la vida. Y, no obstante, así fue fatalmente para el letraherido Antero strictu sensu, en tanto en cuanto esa fue su amarga visión postrera inmediatamente antes de fenecer.

Antero de Quental había sido un brillante poeta que pasaría de un romanticismo influido por Lamartine a la poesía socialmente comprometida, influenciado por el pensamiento político y filosófico del francés Proudhon –a quien conocería personalmente en París en 1866, donde se trasladó después de trabajar una temporada en una imprenta de Lisboa– y también el del alemán Hegel, además de ser lector de las obras de Marx y Engels, siendo muy valorado por la renovación que representó para la literatura en su país.

Involucrado políticamente, su compromiso social le llevó a organizar en 1872 la sección portuguesa de la Asociación Internacional de Trabajadores, e incluso a presentarse a las elecciones como candidato socialista.

Al fallecer su padre en 1873, la herencia legada por su progenitor le permitió vivir con cierto desahogo durante los años siguientes. Sin embargo, poco más tarde caería enfermo sin que sus consultas a los más destacados especialistas de Portugal y Francia dieran el resultado deseado. Entre esos galenos estaba el afamado doctor Jean-Martin Charcot, un hombre de la alta sociedad parisina que en aquel tiempo alternaba con otros reputados colegas, literatos, artistas y políticos en las frecuentes reuniones que tenían lugar en un hotel del bulevar Saint-Germain de París.

En 1881, Antero se retira de la vida pública a Vila do Conde –localidad donde reside en la actualidad el escritor portugués Valter Hugo Mãe–, al norte de Portugal. Desde donde partiría abrumado por la tristeza, o quizá dolorosa saudade de sí mismo, en el que fue su último viaje hacia las Azores. Ahora su vieja casa en Vila do Conde, tras ser reconstruida y acondicionada en 2009 –el mismo año que ganara las elecciones legislativas el socialista José Sócrates–, al igual que la de Ponta Delgada es visitada como Casa Museo en homenaje a su imperecedero recuerdo.

La mañana del 11 de septiembre de 1891 salió de su domicilio y, caminando por la empinada calle, descendió hasta la Igreja Matriz o de São Sebastião, entrando en una pequeña armería de la esquina donde, impelido por la amargura y el desdeño por su propia vida, adquirió un revólver. Después cruzó la franja costera y entró en la Plaza de la Esperanza, flanqueada por aún tupidos plátanos, y la atravesó para ir a sentarse en un banco junto al muro del convento homónimo, en el que podía verse pintado un ancla de color azul sobre la blanca pared de cal. Y en él la perdida esperanza.


Antero de Quental, ‘A um Poeta’

Marisa Monte & Cesárea Évora, ‘É Doce Morrer no Mar’


Fotografía ‘Jardim Antero de Quental’ fuente Mashpedia