viernes, 31 de julio de 2026

Harry Gruyaert y la saturación del instante

El artista Harry Gruyaert dentro de la nutrida y variada programación de la 57ª edición del Festival de fotografía que se celebra en la ciudad de Arlés. 

Desde el pasado día 6 de julio y hasta el 4 de octubre de 2026, Les Rencontres d'Arles acoge ‘A Sense of Place’, una importante muestra de la obra de este gran fotógrafo belga miembro de la Agencia Magnum.

El orden del destello.

Viajar no es acumular coordenadas, sino aprender a naufragar en la luz de los otros. En las salas de la Chapelle Saint-Martin du Méjan, durante la actual edición de Les Rencontres d'Arles, las fronteras geográficas se disuelven para dar paso a una cartografía puramente emocional. La exposición ‘A Sense of Place’, del maestro Harry Gruyaert, no es un inventario del mundo ni una crónica periodística de las ciudades que ha pisado durante más de cuarenta años; es una partitura visual donde el espacio físico se rinde ante la dictadura perfecta del color. Abriendo este viaje se alza una estampa premonitoria capturada en la Gare du Nord de París en 1985. En ella, la nuca desenfocada de un observador anónimo —que el tiempo revelaría mágicamente como el joven crítico David Campany— nos invita a mirar a través de sus ojos. Frente a él, los trenes descansan bajo la inmensa catedral de hierro y vidrio, suspendidos en una bruma metálica donde el tiempo parece haberse detenido. Es la perfecta declaración de intenciones de Gruyaert: transformar el desorden del asfalto en una pintura abstracta y demostrarnos que el “espíritu del lugar” no se encuentra en los monumentos, sino en la vibración secreta de la luz cotidiana.

La disolución del mapa en Arlés.

La genialidad del montaje actual en Arlés, comisariado por Géraldine Lay para acompañar el fotolibro homónimo editado por Éditions Textuel, radica en su desapego de lo documental. En las paredes de la capilla, una calle de Moscú convive de forma orgánica junto a un plano de Las Vegas, un mercado en Marruecos o un muelle en Amberes. Harry Gruyaert despoja deliberadamente a las imágenes de cartelas explicativas inmediatas. Así, al espectador no se le invita a descifrar una historia geopolítica, sino a habitar un estado atmosférico. El mapa del mundo se borra para unificarse bajo un mismo cielo cromático. Esta resistencia a la narrativa tradicional define el ADN de Gruyaert dentro de la agencia Magnum. Mientras sus contemporáneos buscaban el “instante decisivo” de fuerte carga humanista, el fotógrafo belga se consolidaba como un pionero del color europeo persiguiendo algo más matérico. Para él, los seres humanos no protagonizan la escena; habitan el encuadre con el mismo peso específico que una farola, un automóvil o una sombra densa. Las personas son fragmentos de color, siluetas recortadas que aportan ritmo y escala al espacio urbano, despojadas de cualquier pretensión de retrato psicológico.

Geometría, densidad y herencia flamenca.

Para comprender la particular saturación de Gruyaert, es necesario rastrear sus orígenes en la Amberes de posguerra. Criado en una sociedad que él mismo describía como gris y visualmente reprimida, su revelación del color —estimulada por el Pop Art americano y el cine de Antonioni— no se tradujo en una paleta festiva o estridente. Al contrario, la luz de Gruyaert arrastra la densidad de los maestros de la pintura flamenca. Sus negros son abisales, sus sombras cortan el plano con violencia quirúrgica y la saturación del film Kodachrome se utiliza para espesar la realidad, dotando a la mundana vida callejera de un aire misterioso y teatral. El espacio en sus fotografías nunca es plano; se construye a través de capas complejas de información visual. Gruyaert es un cirujano del reflejo: utiliza escaparates, mamparas de aeropuertos, neones parpadeantes y lluvia sobre el pavimento para fracturar la imagen. El ojo del espectador se ve obligado a trabajar, a recomponer los pedazos de un espejo roto donde se mezclan el interior y el exterior, lo nítido y lo borroso.

El color absoluto.

‘A Sense of Place’ es, en última instancia, una paradoja resuelta con maestría. Harry Gruyaert encuentra el verdadero sentido de un lugar precisamente cuando se olvida de su nombre y se concentra en su materia pura. Su saturación no satura el ojo; llena el vacío de las ciudades modernas, inyectando una energía magnética en los andenes de tren, los cafés solitarios y las avenidas impersonales. Al salir de la exposición en Arlés, uno comprende que el mundo real no es tan anodino como sospechábamos: solo hace falta la mirada obsesiva del belga para recordar que la luz, cuando es empujada a su límite, es capaz de sostener por sí sola la belleza del caos.

Más información

Les Rencontres d'Arles.

Interview Harry Gruyaert - ‘A Sense of Place’ (vimeo).

Fotografía (Gare du Nord de París en 1985) exposición de Harry Gruyaert en la Chapelle Saint-Martin du Méjan © Fernando Torres 

miércoles, 15 de julio de 2026

Moriyama: ‘Cartas de amor a la fotografía’

La Fundación Henri Cartier-Bresson de París acoge hasta el próximo 4 de octubre una importante monografía del gran fotógrafo vanguardista japonés Daidō Moriyama.  

La exposición Lettres d’amour à la photographie (Cartas de amor a la fotografía) no se concibió como una retrospectiva cronológica tradicional, sino que debía explorar la cruda obsesión de Moriyama con el medio fotográfico. Y, por ende, redefinir su histórica subversión de las técnicas de composición como una auténtica declaración de amor a la cámara y al acto de fotografiar. Debía analizar el continuo diálogo filosófico y existencial de Moriyama con la creación de imágenes, manteniendo su característico estilo visual en la fotografía callejera como es el que él emplea, es decir, muy contrastado, granulado, borroso y fragmentado.

Esta relevante monografía de Daidō Moriyama (Ikeda, Prefectura de Osaka, Japón, 1938) se centra en su célebre fotolibro Shashin yo sayonara (Adiós a la fotografía). Uno de los fotolibros más influyentes y radicales del siglo XX, que Moriyama publicó originalmente en 1972 en colaboración con su colega Takuma Nakahira, ambos figuras clave del movimiento y la mítica revista fotográfica de vanguardia Provoke

Moriyama, que formalmente se unió a la revista a partir del segundo número, poco tiempo después se convertiría en el artista vinculado a esta generación más célebre internacionalmente. La filosofía del estilo Provoke como la corriente contracultural en ciernes que pretendía instituir, se basaba en el rechazo categórico de las convenciones de la fotografía comercial de masas y el fotoperiodismo tradicional al uso que predominaba en Occidente. Su lema “Are, Bure, Boke” representaba todo un manifiesto estético contra esa fotografía Occidental, porque Are (áspero o granulado), Bure (borroso o movido) y Boke (desenfocado) –de ahí el actual término técnico bokeh– definía claramente aquel estilo visual crudo, visceral y caótico que se impuso como desafiante actitud artística.

Asimismo, esta exposición dedica también una parte especial a la profunda obsesión del artista japonés con el inventor francés Nicéphore Niépce, y sigue sus peregrinaciones a Saint-Loup-de-Varennes, lugar donde se tomaría la primera fotografía de la historia. Además, la muestra de Moriyama en París tiene el atractivo especial de no limitarse a mostrar imágenes icónicas, sino que revela su proceso creativo a través de publicaciones, revistas y materiales originales.

El trabajo de este legendario fotógrafo japonés ha sido coeditado en formato de libro monográfico por la editorial delpire & co y la Fondation HCB, y su publicación ha representado un hito literario, pues incluye las primeras traducciones al francés de veintidós de los ensayos esenciales, fragmentos y manifiestos escritos por Moriyama a lo largo de varias décadas. El fotolibro contextualiza sus imágenes icónicas con sus reflexiones privadas sobre por qué la fotografía es para Daidō Moriyama un ser vivo al que ama.

Más información

Fondation Henri Cartier-Bresson.

Enlace de interés

La editorial japonesa Nitesha ha publicado la reedición facsímil de los tres números históricos de la mítica revista Provoke. Disponible en LASAL BOOKS.

Fotografía (détail) (sans titre) “Œil ou globe oculaire” (modèle anonyme), 1986 © Daidō Moriyama. Courtoisie: Fondation HCB

jueves, 2 de julio de 2026

Sergio Ramírez y ‘La maldición de Ramfis’

El Instituto Cervantes de Madrid acogió ayer al escritor y periodista Sergio Ramírez con motivo de la publicación de su última novela. 

Tras una breve introducción al escritor nicaragüense a cargo del poeta Luis García Montero, actual director de esta prestigiosa institución pública panhispánica, y la que a su vez realizó Pilar Reyes como directora de la editorial Alfaguara, el coloquio con Sergio Ramírez, ganador del Premio Cervantes en 2017,  comenzaba de la mano de la periodista, escritora y analista política, Berna González Harbour, reconocida autora de novela negra también, como es la titulada ‘El sueño de la razón’, que obtuvo el Premio Dashiell Hammett en 2020, o ‘Verano en rojo’, que fue llevada al cine en 2023. Y autora de la saga familiar ‘Qué fue de los Lighthouse’, así como de obras de no ficción.

Para esta nueva novela, Sergio Ramírez vuelve a retomar al personaje del Inspector Morales, genial protagonista de la magistral serie negra del autor. El Inspector Morales y doña Sofía salen al exilio desde Nicaragua a Costa Rica, donde se emplean en un hotelito de un pueblo de pescadores especializado en bodas gais. Una noche, ven llegar un crucero desde aguas nicaragüenses. Se trataba de un velero de lujo llamado Sea Cloud, el barco que perteneció al dictador dominicano Trujillo. El inspector y doña Sofía se enteran de que a bordo hay un muerto que es un viejo conocido suyo. Murió mientras celebraba su cumpleaños con invitados de lujo y familiares. Uno de ellos es el asesino. Mientras Morales investiga, pesa sobre todos la maldición de Ramfis, el hijo de Trujillo, quien muchos años atrás paseó en el barco por los mares otro cadáver, el de su padre asesinado a tiros en Santo Domingo en 1961, junto con cajones de billetes saqueados del Banco Central de la República Dominicana.

Como en su día expresó el Jurado del Premio Cervantes, “la obra de Sergio Ramírez refleja la viveza de la vida cotidiana convirtiendo la realidad en una obra de arte con excepcional altura literaria”.

En este caso una realidad ya por sí misma truculenta: el 30 de mayo de 1961 Leónidas Trujillo fue atacado por un grupo de opositores al régimen, que disparando al automóvil en el que viajaba, acaban con su vida. Ramfis, que estaba en ese momento en Europa, regresa para hacerse cargo del gobierno. Pero la oposición que encuentra entre la población y la clase política le obliga a que, unos meses después, se dirija al exilio. Si bien antes de partir participa en la ejecución de los llamados Héroes de mayo, los seis supervivientes del comando que había asesinado a su padre, los cuales son sacados de prisión de manera encubierta y trasladados a la residencia de verano de los Trujillo, donde son maniatados y ametrallados.

En 1962, después de un periplo por varios países como Francia o Portugal, Ramfis y su esposa Lita llegan a Madrid, donde la dictadura franquista, simpatizante de Trujillo y su autoritarismo, le otorga el estatuto de refugiado político, concediéndole la residencia en 1966.

Ramfis, que había reanudado en Madrid la acostumbrada vida disoluta que siempre le había caracterizado, la mañana del 17 de diciembre de 1969, cuando regresaba a la casa familiar —una mansión en La Moraleja que había pertenecido al banquero Juan March—, su Ferrari choca violentamente contra el Jaguar de María Teresa Bertrán de Lis, que fallece en el acto cuando llevaba a su hijo al colegio.

El 29 de diciembre, el cuerpo ya sin vida de Ramfis es depositado en un nicho provisional del cementerio de la Almudena, a la espera de que finalicen las obras del panteón familiar en el cementerio de El Pardo.

Los primeros pasos de Sergio Ramírez en el mundo literario son a través del cuento. Su primer relato, ‘El estudiante’, lo publicaría en 1960. Tres años más tarde publica ‘Cuentos’, su primer libro, que es una recopilación de relatos, para, posteriormente, publicar en 1970, ‘Tiempo de fulgor’, su primera novela. A partir de entonces, ha seguido cultivando ambos géneros junto con el ensayo y el periodismo.

Más información

Penguin Random House Grupo Editorial.

Fotografía de Sergio Ramírez © Fernando Torres