sábado, 31 de diciembre de 2011

Nochevieja en la Ciudad Vieja de Praga


Bajo un manto de cielo salpicado de las mismas estrellas que contemplase Johannes Kepler cuando en 1609, hospedado en una pequeña posada de Praga, escribiera su famosa obra titulada ‘Astronomía Nova’; y antes de que una vez más, como colofón de su Concierto de Año Nuevo, la Orquesta Filarmónica de Viena interprete la consabida Marcha Radetzky con la que Johann Strauss inmortalizara al célebre militar checo, los espectaculares fuegos artificiales, que tradicionalmente despiden el año sobre los tejados góticos de la ciudad bohemia ante la alucinada mirada de los turistas, explosionaban en la noche como supernovas en el fir-mamento, reflejándose en las oscuras y gélidas aguas del Moldava como en un deslumbrante espejo, que era surcado a esas horas por los pintorescos y siempre completos barcos restaurantes bajo el puente de Carlos.

El popular Staroměstský orloj, o Reloj Astronómico de Praga, fabricado por el maestro relojero Hanuš, quien según cuenta la leyenda fue cegado para que no pudiera jamás construir otro reloj igual, que el pasado 2010 cumpliera 600 años señalando las horas desde el muro de piedra de la casa del ayuntamiento, en la Plaza de la Ciudad Vieja, había dado las campanadas que anunciaban el nuevo año mostrando sus figuras animadas a los atentos visitantes que, espe-cialmente en estas fiestas, colman las calles del corazón de esta bonita capital europea. Según es costumbre, para los locales y en todo el país, los más supersticiosos repetirán ritos o tradiciones como son el lanzamiento de un zapato para encontrar pareja, o poner bajo el plato las escamas de una carpa, típico plato navideño, para tener un año de bienestar y prosperidad económica.

También en la plaza se sucederán los conciertos que de nuevo atraen a jóvenes turistas de toda Europa, para los que la animada Praga es el lugar ideal para recibir el nuevo año. Pero antes, durante la tarde y noche, los numerosos cafés del centro serían los que acogiesen en sus cálidos salones a todos aquellos asiduos amantes de estos confortables estable-cimientos, tan de agradecer con temperaturas bajo cero en el exterior, y por los que todavía parece que se paseara la sombra de Kafka. Como el literario Café Louvre, situado en la concurrida Národní třída (Calle Nacional), uno de los cafés de la época de la vieja Austria a cuyo círculo filosófico perteneció, junto a sus amigos Max Brod, Hugo Bergmann y Felix Weltsch, el escritor Franz Kafka; influidos todos ellos por las enseñanzas del filósofo Brentano, y en el que, como una extensión de su oficina, el autor de la ‘Metamorfosis’ afirmó haber pasado allí “bellas y agradables horas”.

Otra propuesta de la Nochevieja en Praga seguirá siendo siempre la de los numerosos locales que ofrecen actuaciones en directo. Emblemáticos clubes de jazz tales como el ‘Agharta’, en el 16 de la céntrica calle Železná. Cuyo nombre nos hace evocar aquel mítico reino subterráneo que detenta la tradición oriental, al que la ocultista Helena Blavatsky denominaba “Logia blanca”, pues el club, además, está enclavado en la cava de una casa gótica del siglo XIV, y donde diariamente se puede disfrutar de la buena música en vivo mientras se brinda con champagne, se saborea en buena compañía una cerveza Pilsner Urquell o, si se prefiere, para entrar en calor, una copa del conocido aguardiente de 38 grados Becherovska.

Feliz Año Nuevo. Šťastný Nový Rok.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Murió George Whitman, el viejo librero de la Shakespeare & Co


El pasado 14 de diciembre, a la edad de 98 años, moría en París el legendario George Whitman a consecuencia de un derrame cerebral sufrido unos meses atrás. Sus restos descansan ahora en el cementerio parisino de Père Lachaise.

Por fin llegué al 37 de la Rue de la Bucherie y, tras echar un breve vistazo a la fachada de la casa, junto a una de las típicas y sugerentes fuentes de agua Wallace para asegurarme de que era la dirección correcta, sin dudarlo un minuto me dispuse a entrar en aquel establecimiento. Una vez dentro, pude reconocerle enseguida. Allí estaba su propietario, el recientemente fallecido George Whitman con un libro de Gombrovicz en sus manos. Al verme hizo un gesto vago que no sé si llegaría a poder considerarse un saludo, más bien me inclino a pensar que esa mueca indefinida significaba un “aquí estoy, te estaba esperando porque tengo lo que buscas”. ¿Lo que busco? No buscaba nada en particular, si bien es muy cierto que el azar es la búsqueda de lo que no se espera. Y en aquel momento lo que encontré –además de a mister Whitman, evidentemente– fue un viejo inmueble de tres plantas muy destartalado y poco acondicionado, si exceptuamos, claro está, unos rudimentarios e imprescindibles anaqueles para albergar libros no sé si tan viejos como aquel inmueble o todavía más. Veía libros por todas partes, ingentes cantidades en estantes e incluso apilados en el suelo; algunos en francés, pero la inmensa mayoría en la lengua de Shakespeare. No en vano la librería está especializada en literatura inglesa. En cualquier caso, el lugar no me decepcionó en absoluto puesto que no tenía una idea clara preestablecida de cómo sería la librería y, más bien al contrario, me sorprendió de manera grata.

En los tiempos en los que Hemingway vivió en París, la librería Shakespeare & Co no se encontraba en la dirección actual, sino que, por entonces, estaba en 12, Rue de l´Odeon, y era regentada por su gran amiga Sylvia Beach, quien víctima de las zalamerías de James Joyce, sufragaba a éste para que pudiera terminar su célebre ‘Ulysses’ –préstamo que el irlandés, siempre en la miseria, nunca devolvió–, y a la que a menudo Hemingway visitaba de paso que iba o venía del café des Amateurs del que era asiduo además de otros como La Closerie des Lilas o La Coupole, ambos en el Boulevard du Montparnasse, o el Bonaparte y los de Saint-Germain-des-Prés que, afortunadamente, todavía existen. Como subsiste, justo enfrente de La Coupole, el Select, un café que fascinaba a la bohemia parisina y en el que no sólo se podía encontrar a Hemingway, sino también a escritores como Henry Miller, Ezra Pound y Gertrude Stein o Scott Fitzgerald, así como a los habituales pintores de Montparnasse.

La librería de Whitman, que actualmente regentaba ya su hija Sylvia (el nombre se lo puso Whitman por Sylvia Beach), está situada en pleno centro de la ciudad, justo enfrente de la iglesia de Notre-Dame, con el Sena de por medio atravesado a esa altura por el Petit-Pont, y en el mismo viejo edificio en el que se encuentra, a la vuelta de la esquina, el modesto y para mí entrañable Hotel Esmeralda, que es donde está empleado mi buen amigo el poeta Alejandro Calderón, o donde asimismo era posible contactar con el escritor serbio Goran Tocilovac, al cual tuve la oportunidad de entrevistar con ocasión de la publicación de su novela ‘Trilogía parisina’.

En aquella ocasión en la que vi personalmente a Whitman en el interior de su mítica librería, hará de ello ya unos seis años o quizá algo más, aparentemente éste gozaba de una buena salud, si bien su aspecto era el de un hombre de edad bastante avanzada. Por aquellas mismas fechas más o menos fue la vez que vería también, en el escaparate de la tienda, un curioso ejemplar de Jack Keruoac, por entonces inédito en España, titulado ‘Satori en Paris’. Se trataba de una primera edición francesa de un libro que yo desconocía de este autor hasta ese momento “Satori” (al contrario de lo que pueda inducir a pensar, el vocablo no corresponde al nombre de ningún personaje, sino que es una palabra japonesa que significa “Iluminación” en el Budismo Zen). Como lo fue también para mí conocer allí al tristemente desaparecido George Whitman.


Más información

Página web de la librería Shakespeare & Co


Enlace de interés

Portrait of a Bookshop as an Old Man


Fotografía de Whitman fuente Shakespeare & Co

jueves, 15 de diciembre de 2011

Volando lejos con la Larry Martin Band


Entre un gran número de aficionados que abarrotaba el interior del pequeño Café Populart de Madrid la pasada noche del viernes, sonaron los standards de jazz y composiciones originales que fueron interpretando los miembros de la ya veterana Larry Martin Band (LMB) pertenecientes a su penúltimo disco –grabado con Yoio Cuesta, quien en su día ya sustituyera a Doris Cales– titulado ‘One day I´ll fly away’, a cuyos temas pondría la voz en esta ocasión su nueva cantante, la expresiva Sheila Blanco.

Una sucesión de temas que, como ocurre también en la vida, nos iban llevando de la tristeza a la alegría así fuesen canciones deliciosamente tristes como ‘Easy Living’, la bonita balada que escribiera el trompetista Clifford Brown, o tan felices como la original y pegadiza ‘If they knew’, compuesta por el guitarrista Enrique García y el batería y líder fundador de la banda que lleva su nombre. De hecho, este trabajo discográfico nace fruto de un mal momento por el que pasó en su vida Larry Martin hace unos años, ya superado, y que coincidió por esas mismas fechas con su elección de la canción que da titulo al disco. Es decir, Un día volaré por ahí lejos. La historia de un amor acabado y el no fácil propósito de superarlo y olvidarlo. De historias de este tipo el jazz y el blues están repletos e infaliblemente seguirán dando origen y sentido a muchas partituras más.

De esta formación hay que destacar también la gran calidad de Domingo Sánchez como pianista. Un auténtico Mozart del jazz, que comienza a tocar el piano a los 3 años y compone sonatas y preludios con 8 y 9 años de edad. O la del contrabajista Ricardo Ferrer, que durante un tiempo formó parte del cuarteto de jazz del saxofonista Pedro Iturralde, y asimismo ha colaborado con Lou Donaldson o Perico Sanbeat, entre otros muchos músicos del panorama jazzistico. Sin olvidarnos del citado Enrique García, un gran guitarrista con una técnica muy personal que ha tocado a su vez con otros grandes de la talla de Jorge Pardo o Joshua Edelman. Y cómo no, la del experimentado baterista Larry Martin, que 1989 asistiera al Seminario en Madrid del ‘Berclee College of Music’ de Boston, en el que estudió con Gary Burton y Ed Uribe.

Excelentes músicos todos ellos de reconocido prestigio en los circuitos de jazz, que así lo demuestran con la brillantez de cada uno de sus solos, y que consiguen crear ambientes sonoros que nos hacen vibrar con los inolvidables standards que cantasen Billie Holiday, Dinah Washington, Ellis Regina, Shirley Horn, Billy Joel, Al Jarreau o Stevie Wonder, entre otros; además de sus temas originales, siempre con un estilo propio y un sonido actual interpretados ahora con el talento vocal y el feeling de Sheila Blanco.

Más información

Página web oficial de LMB

Fotografía de Sheila Blanco (LMB) © Declan Hemp

lunes, 28 de noviembre de 2011

S.V. Platt, la periodista que surgió del frío


Hace unos días, mi buena amiga la periodista, antropóloga y traductora, Sarah V. Platt me escribía desde la fría Breslavia, junto al río Oder, al suroeste de Polonia. Aquella floreciente ciudad de pasado nazi, que en la primera mitad del siglo XIX experimentara un gran desarrollo industrial y económico, y que, tras el fin de la guerra fría, desde 1989 hasta la actual crisis iniciada en 2008, fuera una de las ciudades más prósperas de Polonia. Desde allí me contaba que en la actualidad está realizando el trabajo de campo necesario para concluir en un breve plazo de tiempo su tesis doctoral sobre el escritor y reportero polaco Ryszard Kapuscinski. Para ello llevaba más de tres meses de investigación en aquel país cuna del maestro, cuya enorme tradición literaria, según me explica, ni comenzó ni terminó con Kapuscinski.

A sus 29 años de edad, Sarah V. Platt es desde hace cinco profesora universitaria de idiomas y periodismo. Ejerciendo como periodista ha trabajado en diversos medios de comunicación, en particular prensa escrita, o como ad-ministradora en universidades y museos, colaborando también en el sector de las ONG. Es traductora de inglés y español y editora de textos periodísticos y académicos. Desde hace más de ocho años, como antropóloga, también ha realizado trabajos de investigación en diferentes países como Malasia, Tailandia, Indonesia, Puerto Rico, Perú, Italia o Polonia.

Gracias a una conversación privada mantenida con la traductora Ágata Orzeszek, presente en el seminario sobre Kapuscinski que celebró la UCM el pasado año en Madrid, Sarah supo de la existencia de una escuela polaca de reportaje. Y sin dudarlo, poco tiempo después, se trasladó a Breslavia para continuar desarrollando allí su intensa labor investigadora. Una indagación que la llevó al conocimiento más profundo de autores de esa misma tradición periodística y literaria como son Wojciech Jagielski o Wojciech Tochman, con los cuales se ha estado entrevistando en persona, y cuya interesante lectura me recomienda vivamente.

Wojciech Jagielski estudió en la Facultad de Periodismo de la Universidad de Varsovia. Ha trabajado en el departamento de relaciones exteriores de la Agencia Polaca de Prensa y desde 1991 en la Gazeta Wyborcza, que dirige Adam Michnik, el periódico más prestigioso de Polonia. Habi-tualmente colabora con la BBC y el diario Le Monde, siendo premiado en varias ocasiones por su importante trabajo periodístico.

En el libro ‘Torres de piedra’, Jagielski retrata en un brillante reportaje la trágica Chechenia de abundantes recursos petrolíferos que, durante la caída de la URSS en 1991, aspira a la independencia. Lo que le acarrearía dos sangrientas guerras con Rusia que se saldaron con más de 150.000 muertos. La obra se ciñe a la segunda de ellas, iniciada como maniobra política en 1999 para respaldar la elección del por entonces desconocido ex miembro de la KGB, Vladimir Putin. Una guerra cruel sostenida entre un desesperado puñado de guerrilleros contra el poderoso ejército ruso. Mientras que en ‘Una oración por la lluvia’ refleja en sus crónicas su visión del laberinto afgano, fruto de los once viajes que el autor realizó a ese país entre 1992 y 2001, mostrando la compleja situación de un país castigado por revoluciones y contrarrevoluciones.

Por otro lado, el escritor Wojciech Tochman, autor de ‘Like Eating a Stone: Surviving the Past in Bosnia’, es uno de los periodistas polacos más traducidos hoy en día. Sus libros han sido publicados en inglés, francés, holandés, sueco, finlandés, ruso y bosnio. Fue finalista del Gran Premio Testigo del Mundo, que concede Radio Francia Internacional, y actualmente dirige el Instituto polaco de reportaje junto a los otros dos fundadores, Pawel Goźliński y Mariusz Szczygiel.

En la obra citada, Tochman relata cómo durante cuatro años la guerra de Bosnia causó la muerte de más de 100.000 personas. Y también que tuvieron que pasar muchos meses, incluso años, antes que comenzara el proceso de iden-tificación de los muertos enterrados en fosas comunes, para darles un entierro digno con el debido duelo. Pero muchos siguen a la espera de encontrarlos y continúan su búsqueda hasta hoy. Tochman viaja al paisaje devastado de la posguerra acompañado por algunos supervivientes, en su mayoría mujeres. Y con la sensibilidad de Kapuscinski, realiza un reportaje de gran alcance contando la historia desde el punto de vista de las personas que lo perdieron casi todo en esa dolorosa guerra.



Más información

‘Morphologie’, blog de Sarah V. Platt

‘Bacacay’, blog de Pawel Goźliński


En la fotografía Sarah V. Platt y Wojciech Jagielski

martes, 22 de noviembre de 2011

‘Machu Picchu, 100 años en imágenes’


Una exposición en el Círculo de Bellas Artes de Madrid reúne 44 fotografías de la colección de la National Geographic Society entorno a este poderoso y emblemático enclave andino cien años después de ser descubierto por Hiram Bingham, y que aparecen clasificadas en diferentas secciones explicativas como son su descubrimiento, alturas, maravilla, naturaleza, y arquitectura de Machu Picchu.

Si recorriéramos el Camino Real de los Incas en dirección sur partiendo de Quito para después pasar por Cuzco –el “Ombligo del Mundo” de los incas–, llegaríamos a la cordillera de Vilcabamba y a la cercana y, normalmente visible en el horizonte, sierra de Urubamba. Donde los Andes son aquí más sagrados que en otro lugar, jalonados de cimas tales como el Ausangate (6.372 m.), o el Salcantay (6271 m.), que son las moradas de los Apus custodios de aquellos valles. Y cuenta una leyenda inca que en el principio de los tiempos, cuando el mundo empezó a ser mundo, tuvo lugar una disputa entre las montañas Ausangate y Salcantay, como colosales representaciones del hombre y la mujer, tras la cual el Salcantay se retiró triste hacia la selva y el Ausangate, solitario, se quedó en las alturas.

Pero existen numerosos caminos adyacentes en ese en-tramado de vías que crearon los incas para facilitar las comunicaciones entre aquellos agrestes parajes flanqueados por cerros y nevados, y uno de ellos es el bonito y mágico sendero inca a Machu Picchu, literalmente “montaña vieja” en quechua. Ese místico y asombroso lugar de poder, cuya senda en cuatro o cinco días nos lleva al centro ceremonial que se halla enclavado entre las cordilleras Vilcabamba y Urubamba.

Aunque hubo otros que lo rondaron antes, el descubridor científico de Machu Picchu fue Hiram Bingham. Profesor, historiador y explorador americano, heredó de su padre, uno de los primeros misioneros cristianos en el archipiélago de Gilbert, en la Polinesia, su insaciable avidez de explorar lo desconocido. Llegó a Sudamérica con la intención de conocer y estudiar los caminos que recorriera el gran general Simón Bolívar. Sus experiencias en Venezuela y Colombia le enseñaron la ventaja que significaba para un explorador estar respaldado por el gobierno; por eso decide sacar partido de su posición como delegado oficial de los EE UU para penetrar en los Andes centrales y seguir el viejo camino comercial español de Buenos Aires a Lima. Acompañado de su amigo Clarence L. Hay, y partiendo de Cuzco, se propuso cruzar la tierra de los incas a lomo de mula. Así, en 1911, después de realizar un difícil viaje al departamento de Abancay, pasando antes por Limatambo, y después de indagar sobre las posibles ciudades incas, inició su recorrido dirigiéndose al valle del río Urubamba, luego Ollantaytambo, continuando hasta Torontoy, y más tarde llegó a Mandorpampa. En este paraje acamparían cerca de la modesta vivienda de un campesino, quien les dijo que en las proximidades había unas buenas ruinas. Al amanecer del 24 de julio caía una heladora llovizna, bajo la que anduvieron tres cuartos de hora hasta cruzar un río por un frágil puente de troncos unidos con lianas; luego continuaron una hora y veinte minutos más hasta llegar a unas terrazas de cultivos. Alcanzado este punto un niño indio les sirvió de guía.

Pese a que Machu Picchu estaba completamente cubierto de frondosa vegetación, Bingham percibió esas fuerzas telúricas que se desprenden de los lugares poderosos y comprendió que se trataba de un importantísimo conjunto arqueológico oculto por un verdadero bosque de grandes árboles, que habían crecido en las terrazas durante siglos. Bingham optó por buscar cavernas sepulcrales y alentó a los peones para continuar con las excavaciones ofreciéndoles más dinero. Más tarde se halló gran cantidad de cuevas con restos humanos, tanto dentro del sector urbano como fuera, pero las excavaciones más fructíferas se hicieron en los alrededores del templo del sol. En total se hallaron los restos de 173 individuos, de los cuales 150 correspondían a mujeres. Machu Picchu era una huaca donde se realizaban ritos con la preciada coca y donde había un acllahuasi o casa de las acllas, un edificio de la arquitectura ceremonial inca como también la kallanka o el ushnu. Las acllas eran aquellas mujeres escogidas que acompañaban a la sacerdotisa o “mamacuna”, y que preparaban las bebidas indispensables para la celebración de los rituales, dedicadas a la labor textil y, su función más importante, la de servir de regalo para el inca.

El valor de este santuario para los incas había sido mágico-religioso y sobre todo paisajístico. Aquellos incas percibieron las fuerzas telúricas que emanan de él, y como reseñaba M. Eliade en la definición de hierofanía, una revelación de lo sagrado. El paisaje de los nevados, cerros, cumbres, abismos y bosques, les produjo, como a cualquiera que lo contemple, una fascinación especial.


‘Machu Picchu, 100 años en imágenes’. En el Círculo de Bellas Artes de Madrid hasta el 2 de diciembre.


Enlace de interés

Fotografías de Hiram Bingham en NGS

viernes, 11 de noviembre de 2011

Jung y las sincronías en el espacio-tiempo


El sabio Voltaire nos adelantó en 1752, en su relato fantástico titulado ‘Micromegas’, la existencia de dos lunas en la órbita de Marte. Veintiséis años antes, en una de sus obras Jonathan Swift había descrito dos satélites naturales cercanos a ese planeta. Sabios o soñadores fueron visionarios que intuyeron que existía algo que era imposible saber con certeza por no haber una constancia perceptible de ello. Si bien el astrónomo Johannes Kepler ya apuntase, a principios del siglo XVII, que Marte debía tener dos satélites, basándose en la lógica de una “armonía numérica” entre los planetas Tierra y Júpiter y sus correspondientes satélites orbitales. Ya que si Júpiter tenía los cuatro que se creía en la época descubiertos por Galileo Galilei en 1610, y una luna la Tierra, a Marte le tocaría proporcionalmente dos de ellos. Como así ha sido, pues serían descubiertos en 1877 por el astrónomo estadounidense Asaph Hall, siendo bautizados por él como los caballos del dios Marte, ‘Fobos’ (miedo) y ‘Deimos’ (terror).

Aunque éste es un claro ejemplo del fenómeno conocido como serendipia, estas y otras coincidencias, concordancias o casualidades fruto del azar fueron estudiadas por Jung a lo largo de su vida hasta el día de su fallecimiento, del que este año se cumplió el cincuenta aniversario, y a las que el psicólogo suizo llamó “sincronías”. Es decir, las coincidencias o la simultaneidad de fenómenos o sucesos acaecidos en el tiempo. Término que deviene etimológicamente del griego syn (con, a la vez, justamente) y también de la mitología griega, Khronos (tiempo).


‘Sincronías’ (microrelato)

Madame Bruel tenía en su cuarto un moderno reloj electrónico que había comprado hacía dieciocho años en un pequeño comercio del Boulevard Sebastopol, de esos que incorporaban radio-despertador con una gran pantalla negra en la que figuraban los números que indicaban la hora en un brillante y eléctrico color rojo, y que tenía una asombrosa particularidad que no dejaba de sorprenderla todos los días. Cada vez que por una razón u otra miraba el reloj para ver la hora que era, como por azar, resultaba que las cifras parecían confabularse para coincidir misteriosamente y de un modo sincrónico en números capicúas y repetidos de forma aleatoria. Por ejemplo, si se despertaba durante la noche, atisbaba con el rabillo de su ojo izquierdo cómo el reloj sobre la mesita junto a la cama marcaba las 5:05; cuando lo consultaba si se levantaba por la mañana, advertía que éste señalaba las 8:08; en otra ocasión, también al azar, las 12:21; o también las 14:41; las 20:02, o las 21:12. Otras veces el reloj y la casualidad se conjugaban para mostrar otra combinación de dígitos, esta vez indicando la hora siempre con el mismo número, es decir, las 2:22; las 3:33; las 4:44, etcétera. Y, por supuesto, siempre que el reloj señalaba la hora, de un modo u otro, era realmente esa hora la exacta en París en ese preciso momento.

La anciana, que durante la ocupación nazi y a instancia de sus padres vivió una buena temporada en Barcelona, había oído hablar de los números capicúas –del catalán cap i cua, es decir, cabeza y cola–, y pensaba ingenuamente que éstos eran un claro síntoma de buen augurio. Si bien, científicamente, es sabido que traen tanta buena suerte como mala es la que propicia a los supersticiosos pasar por debajo de una escalera.

La vieja refunfuñaba a la vez que leía una edición atrasada del diario Le Monde y chupaba su boquilla con el cigarrillo insertado todavía sin encender cuando, por segunda vez, un huésped bajaba por la empinada escalera de madera que conducía a la recepción. La primera lo había hecho para desayunar café con croissant en la cercana cafetería de la Place del Petit Pont. Y tras coger el escaso equipaje observando que la cama ya había sido hecha y el pequeño cuarto estaba ventilado y ordenado, ahora esperaba ante el añoso mostrador de madera, en el que acababa de depositar la llave nº 11, a que el recepcionista le entregase la factura de su estancia en el hotel. Madame Bruel, que se ponía en pie en ese mismo momento y arrojaba con apatía en un rincón del hall el periódico que había estado leyendo hasta entonces, se acercó al mostrador musitando al oído del hombre que, en su opinión, “había demasiados musulmanes en Francia”, a la vez que desaparecía en el interior de una de las habitaciones aledañas dejando suspendidas en el aire aquellas palabras y la estela de humo del cigarro que acababa de prender. A los pocos instantes, desde dentro de la habitación a la que la vieja había accedido, surgía el eco apagado de su voz exclamando: ¡las 11:11!


En realidad, estos hechos fortuitos que nos acontecen cotidianamente bien podrían deberse, como ya vislumbrara algún visionario, a que lo que creemos estar viviendo, seamos o no conscientes de ello, sea un sueño del que desconocemos cuándo se producirá el despertar; y la muerte, por otro lado, la certeza de que llevará aparejado ese mismo “despertar”. Por tanto, no se equivocaba el escritor alemán Novalis cuando afirmaba al respecto que “estamos próximos al despertar cuando soñamos que soñamos”.



Enlaces de interés

Jung y El Escarabajo Dorado

50 años de la muerte de Jung

lunes, 31 de octubre de 2011

Tomás Alcoverro, un testigo de la historia


“No conozco un lugar en el mundo en el que un periodista tenga el privilegio de poseer una de las condiciones de su trabajo: la inmediación. En Beirut el periodista describe lo que ve, lo que le sorprende desde el propio balcón de su casa o de su oficina”.

El periodista del diario catalán La Vanguardia y licenciado en Derecho, Tomás Alcoverro, comenzó su aventura como corresponsal en Oriente Medio en 1970, en Jordania, durante los por entonces enfrentamientos bélicos entre la Legión Árabe del Rey Hussein y las organizaciones de la resistencia palestina liderada por Yasser Arafat, quien fuera presidente de la OLP y fundador del movimiento revolucionario Fatah, fallecido en 2004 en un hospital militar francés tras su traslado a París por estas mismas fechas.

Discípulo y admirador confeso del maestro Kapuscinski como tantos otros profesionales del periodismo, la visión de este cronista de raza, precedida de la inherente curiosidad que ha de tener y mantener todo buen periodista, trasciende la mera observación de los acontecimientos y el correspondiente relato para formarse su opinión, que desarrolla con el riguroso análisis de los sucesos, documentándose sobre los mismos, y que nos traslada, como ha venido haciendo desde entonces este ya mítico articulista, en las valiosas e innumerables crónicas aderezadas siempre con ese toque literario y erudición al más puro estilo del gran reportero polaco.

Estando en su casa de Beirut, en un edificio en el que han vivido desde miembros de la diplomacia franceses a otros colegas corresponsales como Javier Valenzuela o Ignacio Cembrero entre otros, y en la que a menudo ha recibido la visita de su buena amiga y vecina Maruja Torres, pues la escritora decide residir en Beirut después de cubrir desde allí la guerra entre Hezbolá e Israel, desde su balcón, como informador de excelencia de los aconteceres de la con-vulsa “marea árabe” a través de los años, Alcoverro vería cómo en 1982 salían en convoy los camiones de los últimos fedayines de Arafat en dirección al puerto para embarcarse hacia su nuevo exilio. En una de esas brillantes crónicas, pobladas de guerrilleros y milicianos pero también de arqueólogos, bailarinas, futbolistas, poetas, o mujeres valientes como la también periodista y traductora Joumana Haddad, que el autor ha compilado ahora en el libro ‘La historia desde mi balcón’, nos describe así su pasión por la capital del Líbano, dejando asimismo patente su enorme vocación periodística: “Beirut porque estalla en el aire como un castillo de fuegos artificiales y queda agarrada firme en la orilla del mar, porque es la frontera entre todos los sentimientos y esto tan superficial que son las ideas, porque es el infierno, la imaginación, la esperanza, Beirut porque cada día parece morirse irremisiblemente y surge después en otra aurora roja, porque todos lo desahucian y nadie lo arranca de su corazón la he elegido mi ciudad”.

El libro en realidad se inicia con las recientes revueltas de la plaza Tahrir, que acabaron con el gobierno de Hosni Mubarak en Egipto, si bien dedica un mayor número de páginas sustanciosas al capitulo de Beirut. Aunque también escribe informando sobre las manifestaciones contra el régimen inmovilista de Bahréin; el declive de la revolución iraní, vivido por él mismo en las calles de Teherán, así como las crónicas sobre el desnortado Irak; la ensimismada Siria, Chipre, Argelia, e incluso África negra.


Bibliografía

‘La historia desde mi balcón’ (2011)
‘Atrapados en la discordia’ (2009)
‘Espejismos de Oriente’ (2007)
‘El Decano. De Beirut a Bagdad: Treinta años de crónicas’ (2006)


Enlaces de interés

Seminario sobre Ryszard Kapuscinski (2010) al que asistió Tomás Alcoverro entre otros muchos colegas de profesión, escritores y estudiantes de periodismo:

Ryszard Kapuscinski, el último maestro

Reivindicación de Kapuscinski: gran escritor, polémico periodista



Fotografía de Tomás Alcoverro fuente La Vanguardia