lunes, 31 de octubre de 2011

Tomás Alcoverro, un testigo de la historia


“No conozco un lugar en el mundo en el que un periodista tenga el privilegio de poseer una de las condiciones de su trabajo: la inmediación. En Beirut el periodista describe lo que ve, lo que le sorprende desde el propio balcón de su casa o de su oficina”.

El periodista del diario catalán La Vanguardia y licenciado en Derecho, Tomás Alcoverro, comenzó su aventura como corresponsal en Oriente Medio en 1970, en Jordania, durante los por entonces enfrentamientos bélicos entre la Legión Árabe del Rey Hussein y las organizaciones de la resistencia palestina liderada por Yasser Arafat, quien fuera presidente de la OLP y fundador del movimiento revolucionario Fatah, fallecido en 2004 en un hospital militar francés tras su traslado a París por estas mismas fechas.

Discípulo y admirador confeso del maestro Kapuscinski como tantos otros profesionales del periodismo, la visión de este cronista de raza, precedida de la inherente curiosidad que ha de tener y mantener todo buen periodista, trasciende la mera observación de los acontecimientos y el correspondiente relato para formarse su opinión, que desarrolla con el riguroso análisis de los sucesos, documentándose sobre los mismos, y que nos traslada, como ha venido haciendo desde entonces este ya mítico articulista, en las valiosas e innumerables crónicas aderezadas siempre con ese toque literario y erudición al más puro estilo del gran reportero polaco.

Estando en su casa de Beirut, en un edificio en el que han vivido desde miembros de la diplomacia franceses a otros colegas corresponsales como Javier Valenzuela o Ignacio Cembrero entre otros, y en la que a menudo ha recibido la visita de su buena amiga y vecina Maruja Torres, pues la escritora decide residir en Beirut después de cubrir desde allí la guerra entre Hezbolá e Israel, desde su balcón, como informador de excelencia de los aconteceres de la con-vulsa “marea árabe” a través de los años, Alcoverro vería cómo en 1982 salían en convoy los camiones de los últimos fedayines de Arafat en dirección al puerto para embarcarse hacia su nuevo exilio. En una de esas brillantes crónicas, pobladas de guerrilleros y milicianos pero también de arqueólogos, bailarinas, futbolistas, poetas, o mujeres valientes como la también periodista y traductora Joumana Haddad, que el autor ha compilado ahora en el libro ‘La historia desde mi balcón’, nos describe así su pasión por la capital del Líbano, dejando asimismo patente su enorme vocación periodística: “Beirut porque estalla en el aire como un castillo de fuegos artificiales y queda agarrada firme en la orilla del mar, porque es la frontera entre todos los sentimientos y esto tan superficial que son las ideas, porque es el infierno, la imaginación, la esperanza, Beirut porque cada día parece morirse irremisiblemente y surge después en otra aurora roja, porque todos lo desahucian y nadie lo arranca de su corazón la he elegido mi ciudad”.

El libro en realidad se inicia con las recientes revueltas de la plaza Tahrir, que acabaron con el gobierno de Hosni Mubarak en Egipto, si bien dedica un mayor número de páginas sustanciosas al capitulo de Beirut. Aunque también escribe informando sobre las manifestaciones contra el régimen inmovilista de Bahréin; el declive de la revolución iraní, vivido por él mismo en las calles de Teherán, así como las crónicas sobre el desnortado Irak; la ensimismada Siria, Chipre, Argelia, e incluso África negra.


Bibliografía

‘La historia desde mi balcón’ (2011)
‘Atrapados en la discordia’ (2009)
‘Espejismos de Oriente’ (2007)
‘El Decano. De Beirut a Bagdad: Treinta años de crónicas’ (2006)


Enlaces de interés

Seminario sobre Ryszard Kapuscinski (2010) al que asistió Tomás Alcoverro entre otros muchos colegas de profesión, escritores y estudiantes de periodismo:

Ryszard Kapuscinski, el último maestro

Reivindicación de Kapuscinski: gran escritor, polémico periodista



Fotografía de Tomás Alcoverro fuente La Vanguardia

sábado, 22 de octubre de 2011

Noam Chomsky y la Era Obama


Noam Chomsky, profesor del Massachussets Institute of Technology (MIT) de Boston desde el año 1955, es según el New York Times el más importante de nuestros pensadores contemporáneos.

Chomsky es uno de los intelectuales más críticos con el establishment de los EE UU, y un gran referente para todos los progresistas del mundo. Sus opiniones sobre la actual situación de crisis económica que ha venido atravesando EE UU y, por extensión, el mundo, o la promesa de cambio que representaba Barack Obama, sea éste una invención mediática o no, son muy respetadas en muchos círculos políticos como es el Foro Social Mundial y otros sectores de la sociedad y la prensa internacional. Ha estado muy involucrado en el movimiento antiglobalización y le preocupa enormemente la situación en la que se encuentra la sanidad en su país, pues no hay un sistema que garantice los servicios médicos a los ciudadanos americanos.

Hace algunos años, Chomsky aparecía en la portada de The American Prospect, una publicación dirigida a los inte-lectuales liberales de izquierdas, enfrentado a un también airado vicepresidente Dick Cheney. Con aquella portada se quería representar de una forma muy gráfica la amenaza de una quiebra en la ortodoxia liberal, pues los intelectuales de izquierdas son los garantes y custodios de los límites del sistema. Y eso incluye a los medios de comunicación, sobre los cuales hay un gran control ideológico, dándose una situación paradójica en la que, por un lado, hay mucha libertad de expresión y, por otro, al mismo tiempo, un gran control de las ideas.

La sociedad americana actual está dirigida por estrictos principios doctrinales que no permiten ninguna desviación que suponga una amenaza para el sistema que, en temas importantes, se posiciona, a través de la clase política, más a la derecha que el resto de la población, la cual, por ejemplo, en materia de sanidad, está a la izquierda de dicho establishment. Así es, por lo general, lo que ha ocurrido siempre en un país muy libre pero, al mismo tiempo, de muy controlada ideología.

A pesar de la impresión que se tiene fuera de los EE UU de que éstos poseen un sistema político muy estable, la verdad es que los medios de comunicación no se permiten oposiciones críticamente contrarias. De hecho, dicha estabilidad requiere en muchas ocasiones del secretismo u ocultación. Un ejemplo de ello son los papeles del Pentágono durante la guerra de Vietnam, documentos que no eran de dominio público y que, sin embargo, revelaban unos interesantes datos comprendidos en el periodo que finalizaba a mediados de 1968, y que convencieron a la clase política de que la guerra estaba resultando demasiado costosa. Cuando la gran mayoría de la población ya estaba absolutamente en contra del conflicto bélico –algo muy similar a lo ocurrido con el pueblo americano y la pasada guerra de Irak– y, por tanto, que se produjera una sublevación de peligrosas consecuencias para el establishment.

El panorama, al que esta vez se sumó la crisis económica, era muy parecido al de entonces, y fue el que propició la elección de Obama; aunque, según Noam Chomsky, “las elecciones se rigen por un sistema de marketing”. Pues en 2004, la mayoría de los votantes de Bush tenían una idea equivocada de lo que, se suponía, eran sus ideales, y de igual manera que se venden bienes de consumo se venden candidatos a la Casa Blanca. Y cuando ese marketing no es suficiente, se recurre al voto electrónico, como ocurrió en las elecciones del año 2000.

En el conjunto de técnicas que se emplean para conocer y satisfacer las necesidades del votante, es decir, lo compren-dido en el programa y campaña electoral para vender al por entonces candidato a presidente Barack Obama, se desplegaron eslóganes como ‘Cambio’, ‘Esperanza’, ‘Unidad’ y el célebre y optimista ‘Yes we can’. Palabras que habían devuelto la ilusión a los más desfavorecidos, movilizando a un gran número de votantes acuciados por la desesperanza.

En aquellas elecciones del 4 de noviembre de 2008, el otro favorito era el republicano McCain, un héroe de Vietnam que fue colocado al otro lado de la balanza, para sondear así las necesidades políticas de la población. Un hombre cuyo heroísmo, experiencia y capacidad como estratega se sostenían en bombardear con su avión poblaciones vietnamitas; que fuera abatido, capturado y torturado. Pero nada de eso hacía de él un experto en política exterior y relaciones internacionales. Era otra creación de los especialistas que elaboran todo ese referido marketing, al que, según Chomsky, destinan una sexta parte del PIB.

El perfil y los ideales políticos de McCain conectaban con el otro segmento de la población, el republicano, que se inclinaba más por un nacionalismo radical. Y para Chomsky, McCain podía haber resultado peor aún que Bush.

Además de la crisis financiera, a Obama se le presentaban otras papeletas de carácter internacional, como eran, o aún siguen siendo, la supuesta amenaza que constituye Irán y su derecho o no a enriquecer uranio para crear energía nuclear; la retirada de las tropas de Irak –que tras la firma del acuerdo en 2008 se llevará a cabo por fin antes de que finalice el año, si bien probablemente permanecerá en el país un pequeño contingente de unos cinco mil soldados–, Afganistán, el Tercer Mundo, los Derechos Humanos… etc.

Noam Chomsky, que ha manifestado que no votó a Obama porque durante las primarias no tenía ninguna esperanza en él, escribió sobre éste opinando muy negativamente. Ahora, cuando se van a cumplir tres años de su mandato, y sucedido acontecimientos tan históricamente significativos como la revolucionaría ‘Primavera Árabe’ o la reciente captura y muerte del dictador Gadafi, aparece el libro ‘La Era Obama y otros escritos sobre el imperio de la fuerza’. Una nueva obra del Chomsky en estado puro, que con pasión mantiene su fe en la justicia y el estado de derecho, y en el que reúne una serie de entrevistas, conferencias y reflexiones que ponen en tela de juicio la política imperialista mantenida por los EE UU desde el trágico 11-S hasta la ejecución de Bin Laden, pasando por las guerras de Afganistán e Irak.



Fotografía de Noam Chomsky fuente ‘Eje crítico’

martes, 11 de octubre de 2011

Edith Piaf, ‘Himno al amor’


Una vez estuve en casa de Edith Piaf. En realidad un minúsculo apartamento en el parisino barrio de Ménilmontant. Me presenté allí sin avisar, y llamé a la puerta de ese inmueble del 5, Rue Crespin du Gast con la sana intención de visitar lo que hoy es su museo. Me abrió la puerta un hombre que al principio me recriminó el no haber llamado por teléfono para pedir cita, a lo que yo le expuse mi ignorancia, pues en la oficina de turismo no me habían advertido de nada, dándome sólo la dirección en la que se encontraba la casa de esta buena mujer. Finalmente me dejó pasar, y una vez dentro me permitió curiosear solo por el domicilio, retirándose tras poner un disco de la Piaf en el tocadiscos de época, para una mejor ambientación de la pequeña residencia y acogida al visitante.

Allí estaban el oso raído de peluche ya deslucido y algo sucio que recibió Piaf en vida como regalo, y que aparece en la película biográfica estrenada hace unos años; o los viejos guantes de boxeo de su novio, el marroquí Marcel Cerdan, apodado el “Bombardero de Marruecos”.

Di un repaso rápido con la vista a todos los demás recuerdos de la cantante que allí reposaban, pero me quedó persistente en la memoria el que me había despertado la visión del adminículo pugilístico del malogrado Cerdan, que fallece en un trágico accidente aéreo cuando se trasladaba de París a Nueva York para reunirse con su amada Edith, un 27 de octubre de 1949. Dos meses después tenía que pelear en la revancha contra Jake LaMotta. Pero desgraciadamente su avión se fue a estrellar en una montaña de las Azores.

Después de una vida de denodada lucha y lejos de ser color de rosa, Edith Piaf moriría también ese mismo mes del año 1963; un 10 de octubre, aunque se dio como fecha oficial la de su traslado a París, un día como hoy de hace 48 años.


Edith Piaf, ‘L’Hymne à l’amour’

Fotografía de archivo Edith Piaf © Sipa Press

lunes, 26 de septiembre de 2011

Élmer Mendoza y las ‘narconovelas’

“Ningún país acabará con el narcotráfico”, afirma Élmer Mendoza.

Podría tratarse de un macabro suceso narrado en una nueva novela del escritor mexicano Élmer Mendoza, quien también el pasado sábado, acompañado del español Arturo Pérez-Reverte, participara en los coloquios de los recientemente clausurados encuentros literarios del ‘Hay Festival’, que celebró su ya sexta edición en la castellana ciudad de Segovia, los días 17 al 25 de septiembre. Sin embargo, la literatura –en este caso la de Mendoza, patriarca de la norteña, más conocido como autor de ‘Balas de plata’– es desgraciadamente un fiel reflejo de la realidad.

Una realidad en muchas ocasiones feroz y sanguinaria, como ha sido la de los hechos de los que tuvimos noticia el pasado domingo –aunque acaecidos el mismo día que Élmer Mendoza conversara en el acto público con Pérez-Reverte–, cuando conocimos el horrible crimen perpetrado con de-capitación y desmembramiento del cuerpo de María Elizabeth Macías, de 39 años de edad, redactora jefe del diario mexicano ‘Primera Hora’, desaparecida desde el día anterior, hallada a primera hora del sábado en un barrio de Nuevo Laredo, Tamaulipas, que fue asesinada de forma cruel e ignominiosa por denunciar en las redes sociales de Internet (donde firmaba como ‘La nena de Laredo’) a varios narcotraficantes miembros del crimen organizado, según informaría a los medios de comunicación la Fiscalía del citado estado de México, fronterizo con los EE UU.

Y es que, en México, todo lo que tiene relación con el narco forma parte y asume su reflejo en distintos aspectos de la cultura de ese país, como son del folklore norteño los populares narcocorridos –de Tamaulipas o Sinaloa, entre otros estados mexicanos–, compuestos para rememorar o exaltar sucesos o individuos ligados con el narcotráfico, hasta el punto de ser los propios narcos los que los animen sufragando a los grupos musicales autores de estos corridos –actualmente prohibidos en las emisoras de radio nacionales–, y que por supuesto también trasciende por fuerza a la literatura, como así nos lo explicara en el encuentro Arturo Pérez-Reverte, autor de ‘La reina del sur’ (novela traducida a 27 idiomas, de éxito sin precedentes en México), y Élmer Mendoza, autor a su vez de la reciente ‘La prueba del ácido’, a quien por cierto en el coloquio se le preguntó su opinión sobre la posibilidad de legalizar la droga, contestando iró-nicamente escéptico que eso sería factible quizá “en cien años”.

En su última novela, la cual es imposible leer sin el marcado acento mexicano que caracteriza a su autor en el empleo del argot o los coloquialismos, el diestro escritor Élmer Mendoza, nacido en 1949 en Culiacán, en el estado de Sinaloa, vuelve a retomar al detective protagonista de ‘Balas de plata’, es decir a Edgar “el Zurdo” Mendieta, que en esta ocasión está encargado de investigar el asesinato de una bailarina de un club de striptease llamada Mayra Cabral de Melo, enfren-tándose entretanto con el FBI, o el contrabando de armas entre otras calamitosas vicisitudes y entuertos que para nada desmerecen las truculentas historias de Cormac McCarthy, mostrando la violencia y la corrupción que genera el narcotráfico en su país.

El día 13 de septiembre pasado, dos jóvenes más fueron asesinados y colgados de un puente de la citada ciudad del estado de Tamaulipas; al parecer, por utilizar las mismas redes sociales revelando situaciones de inseguridad o peligro en la lucha que mantiene el gobierno mexicano contra el crimen organizado. Con lo que, según ‘Reporteros sin Fron-teras’, en lo que va de año y sumando a la periodista Macías, serían once los reporteros que han sido víctimas del crimen organizado en México. Un país donde la práctica del periodismo supone ejercer una profesión de alto riesgo.



Más información

Página web de ‘Reporteros sin Fronteras’

Crónica de una entrevista norteña.
Una charla con Élmer Mendoza.


Enlace de interés

Página web oficial del ‘Hay Festival’


Fotografía de Élmer Mendoza © Fernando Torres

viernes, 16 de septiembre de 2011

Muere Walter Bonatti, el héroe del K 2


Walter Bonatti falleció en Roma en la madrugada del pasado día 13 de septiembre, a la edad de 81 años, debido a una enfermedad. El féretro del alpinista, escritor y periodista fue trasladado a la ciudad alpina de Lecco, donde se instaló la capilla ardiente, según informó a la agencia EFE la editorial Dalai, que ha publicado el grueso de su obra literaria, basada en sus viajes y ascensos a las cimas de sus montañas.

Una noche de crudo invierno, estando en su vieja casa de la Rue des Grands-Augustins, Gaston Rébuffat se asomaba a la ventana de la estancia para contemplar una vez más el firmamento estrellado. Aunque en aquella ocasión, en la escueta panorámica de cielo que le permitían observar los edificios y la ausencia de nubes, las estrellas que viera festonearan solo los abuhardillados tejados del céntrico distrito 6º, y no las cimas de sus amadas montañas. Sin embargo, en ese silencio y con aquel frío del invierno de París, Rébuffat quería imaginar, como de seguro así sería, que la nieve de los Alpes estaría helada.

En el centro de la gran ciudad, pero junto a los árboles y al río Sena, inspirar el gélido aire de la noche a través de la ventana abierta le hacía recordar la naturaleza a la que se sentía tan íntimamente unido en su pasión por el alpinismo.

En aquellos precisos momentos, en los que, como él lo hacía desde su habitación, los alpinistas atisban el cielo nocturno para saber el tiempo que hará cuando de madrugada emprendan la escalada, Rébuffat se encontraba redactando sobre su escritorio unas líneas que había interrumpido para el prólogo de su libro Étoiles et tempêtes (‘Estrellas y borrascas’). El célebre libro en el que inmortalizaría las famosas seis caras norte alpinas: Grandes Jorasses, Drus, Piz Badile, Cima Grande di Lavaredo, Cervino y Eiger.

Montañas que, en la misma estela y vocación alpinística que Rébuffat, pues también fue guía alpino de alta montaña al igual que éste, el legendario escalador italiano Walter Bonatti ascendería en condiciones muy extremas, dejando su impronta en las paredes del por entonces aún virgen granito de los Alpes.

Nacido el 22 de junio de 1930 en la ciudad de Bérgamo (Lombardia), en el seno de una familia trabajadora, Bonatti pronto dejaría su vida en aquellas calles señoriales de la elegante capital lombarda que le vio nacer para trasladarse a Monza; y desde allí, en sus vacaciones veraniegas, a Vertova de Valseriana, donde tomaría contacto con la montaña por primera vez atraído por el monte Alben, que tanto le fascinaba. Una pequeña cima de poco más de dos mil metros de altitud situada en los Prealpes Bergamascos, que a una edad temprana avivó en él su espíritu de montañero y su amor por la naturaleza y los grandes espacios, salvajes escenarios para la práctica del alpinismo.

Considerado por muchos aficionados y otros escaladores expertos el mejor alpinista de la historia, tan míticas como él son sus aperturas, ascensiones y vivacs. La cara norte de las Grandes Jorasses en 1949; la cara este del Grand Capucin en 1951; las caras norte de las Tres Cimas de Lavaredo en el invierno de 1953; la controvertida expedición al K2 y su forzoso vivac al raso a 8.100 metros de altitud, con el hunza Mahdi en 1954; la primera en solitario al pilar suroeste del Petit Dru en 1955, tras cinco días en la pared, progresando entre diedros y placas de granito vertical, llamada desde entonces y para siempre ‘Pilar Bonatti’; el Gasherbrum IV en el Himalaya en 1958; el complicado 'Pilar rojo de Brouillard' en el Mont Blanc, con Oggioni en 1959; el Rondoy North en la Patagonia en 1961; la ‘Directa’ del Freney en 1962, una vía de 800 metros de longitud entre el Pilar Central y la cresta de Peuterey, que culmina directamente en la cima del Mont Blanc; la primera invernal de la ‘Walker’ en las Grandes Jorasses, que realizara en enero de 1963, junto a su compañero de cordada, el camarada Zapelli, o la ascensión que realizó en solitario en pleno invierno del año 1965 a la pared norte del monte Cervino o Matterhorn, conocida como ‘Bonatti’ y su Travesia degli Angeli, tras cinco días de dura escalada, cuatro vivacs y un frío insoportable. 

Hazaña épica del montañismo tras la cual colgaría las botas y se retiraría del alpinismo, a los 35 años de edad, para dedicarse al periodismo. Pero gracias a su consecución, redimido ya del inmerecido descrédito granjeado injustamente tras la polémica expedición al K2.

Bibliografía

‘Montañas de una vida’, Walter Bonatti.

‘Estrellas y borrascas’, Gaston Rébuffat.


Fotografía Bonatti en el vivac del Cervino © Paris Match

domingo, 11 de septiembre de 2011

Antero de Quental y el 11-S


Casi totalmente eclipsado por el 10º Aniversario de los aten-tados suicidas del World Trade Center y el Pentágono, acaecidos aquel funesto 11 de septiembre de 2001, y también en parte por las noticias de las difíciles circunstancias por las que actualmente atraviesa Portugal, pues el pasado mes de mayo recibió un multimillonario rescate financiero a cambio de un riguroso plan de ajuste, hace ahora justamente 120 años Antero de Quental se embarcaba rumbo a su ciudad de origen, Ponta Delgada (Isla San Miguel), en lo que sería un doliente viaje sin retorno. Poco después, también un fatídico 11 de septiembre, se dispararía en la boca dos balas de revólver frente a un convento de esa misma ciudad de las Azores, en cuya fachada, paradójicamente, podía leerse en un letrero la palabra “Esperanza”.

Estaba claro que para Antero de Quental, desesperado y sin visos de ser rescatado emocionalmente, pues se encontraba sumido en una profunda depresión, esa palabra significaba algo que ya había perdido todo su valor taxativo o sentido esencial para él posible, por más que consuetudinario y vital sea el dicho y la determinación de mantenerla siempre hasta el final, siendo precisamente ésta lo último que se pierda en la vida. Y, no obstante, así fue fatalmente para el letraherido Antero strictu sensu, en tanto en cuanto esa fue su amarga visión postrera inmediatamente antes de fenecer.

Antero de Quental había sido un brillante poeta que pasaría de un romanticismo influido por Lamartine a la poesía socialmente comprometida, influenciado por el pensamiento político y filosófico del francés Proudhon –a quien conocería personalmente en París en 1866, donde se trasladó después de trabajar una temporada en una imprenta de Lisboa– y también el del alemán Hegel, además de ser lector de las obras de Marx y Engels, siendo muy valorado por la renovación que representó para la literatura en su país.

Involucrado políticamente, su compromiso social le llevó a organizar en 1872 la sección portuguesa de la Asociación Internacional de Trabajadores, e incluso a presentarse a las elecciones como candidato socialista.

Al fallecer su padre en 1873, la herencia legada por su progenitor le permitió vivir con cierto desahogo durante los años siguientes. Sin embargo, poco más tarde caería enfermo sin que sus consultas a los más destacados especialistas de Portugal y Francia dieran el resultado deseado. Entre esos galenos estaba el afamado doctor Jean-Martin Charcot, un hombre de la alta sociedad parisina que en aquel tiempo alternaba con otros reputados colegas, literatos, artistas y políticos en las frecuentes reuniones que tenían lugar en un hotel del bulevar Saint-Germain de París.

En 1881, Antero se retira de la vida pública a Vila do Conde –localidad donde reside en la actualidad el escritor portugués Valter Hugo Mãe–, al norte de Portugal. Desde donde partiría abrumado por la tristeza, o quizá dolorosa saudade de sí mismo, en el que fue su último viaje hacia las Azores. Ahora su vieja casa en Vila do Conde, tras ser reconstruida y acondicionada en 2009 –el mismo año que ganara las elecciones legislativas el socialista José Sócrates–, al igual que la de Ponta Delgada es visitada como Casa Museo en homenaje a su imperecedero recuerdo.

La mañana del 11 de septiembre de 1891 salió de su domicilio y, caminando por la empinada calle, descendió hasta la Igreja Matriz o de São Sebastião, entrando en una pequeña armería de la esquina donde, impelido por la amargura y el desdeño por su propia vida, adquirió un revólver. Después cruzó la franja costera y entró en la Plaza de la Esperanza, flanqueada por aún tupidos plátanos, y la atravesó para ir a sentarse en un banco junto al muro del convento homónimo, en el que podía verse pintado un ancla de color azul sobre la blanca pared de cal. Y en él la perdida esperanza.


Antero de Quental, ‘A um Poeta’

Marisa Monte & Cesárea Évora, ‘É Doce Morrer no Mar’


Fotografía ‘Jardim Antero de Quental’ fuente Mashpedia

miércoles, 31 de agosto de 2011

Las raíces de la coincidencia


A pocas horas de la que los árabes llaman ‘Lailat al-Qadr’ (la traducción literal es Noche de Poder), o la Noche del Destino en la que el profeta recibiese la primera de sus revelaciones, de nuevo ciertos sucesos me obligaban a reconocer los límites de las explicaciones físicas y la posible existencia de otros niveles de realidad que estarían más allá de la causalidad física.

Me encontraba solo, en silencio y concentrado leyendo al escritor húngaro Arthur Koestler, autor de ‘Las raíces de la coincidencia’, cuando oí una explosión. En ese puntual momento pensé que se trataba de un disparo de escopeta de caza, realizado en la lejanía del monte por algún cazador furtivo. Unos segundos más tarde, pues bajaba a una buena velocidad por una carretera de montaña sin tránsito alguno y colindante a donde yo estaba, explosionaba por segunda vez el motor de una motocicleta de gran cilindrada a su paso por el punto más próximo a mi ubicación, en plena naturaleza, a varios kilómetros del pueblo más cercano. Un hecho por sí solo insustancial, de no ser por lo sincrónico que fue con el relato leído en el libro de Koestler; y que, naturalmente, de ser una invención, por supuesto que hubiera elegido cualquier otra.

Decía André Malraux que las coincidencias son el lenguaje del destino. Y es que en aquellos precisos momentos acababa de leer el pasaje en el que se describe aquel famoso episodio que se produjo en Viena, en la biblioteca de la casa de Freud, cuando Jung visita a éste en marzo de 1909. En aquel tiempo Jung, que algunos años antes había escrito la tesis doctoral ‘Sobre la psicopatología de los fenómenos ocultos’, era un ferviente admirador de Freud y un gran entusiasta de su trabajo, considerando ese encuentro el momento más importante de su vida, pues estaba muy interesado en conocer las opiniones de Freud sobre precognición y parapsicología en general.

Cuando el escéptico Freud exponía sus razonamientos en contra, Jung sintió una extraordinaria sensación, pro-bablemente somatizando el estrés que le producía el debate. Le pareció que su diafragma se endurecía y le producía cierta quemazón, como si “fuera de hierro y se pusiera incan-descente”. En ese justo instante, en la biblioteca se oyó tal crujido que ambos quedaron muy alarmados… Tan sonoro que los dos miraron hacia el techo temiendo que se les viniera encima.

Inmediatamente después, Jung dijo: “Vea, esto es un ejemplo de los llamados fenómenos catalíticos”. Por su parte, Freud continuaba incrédulo y le contestó diciendo que eso era absurdo. Con vehemencia, Jung le respondió que se equivocaba. “Y para demostrarle que llevo razón, predigo ahora que dentro de un instante se producirá otro fuerte ruido”. Y, efectivamente, apenas pronunció esas palabras, de nuevo se oyó en la biblioteca ¡el mismo crujido!

Freud le miró espeluznado, sin que Jung pudiera adivinar lo que pensaba. El caso es que el suceso despertó el recelo de Freud, y desde entonces Jung nunca más volvió a hablarle de esto.



Bibliografía

‘Las raíces de la coincidencia’, Arthur Koestler

‘El desafío del azar’, Hardy, Harvie, Koestler


Enlace de interés

Cronenberg, psicoanalista


Música de sala

Pat Metheny, ‘Roots of coincidence’