jueves, 21 de abril de 2011

Salgari y la literatura de aventuras


Emilio Salgari y la novela de aventuras congregan a diversos escritores que conversarán en torno a este género literario a modo de homenaje al prolífico autor italiano.

La inmensa cantidad de novelas escritas por Emilio Salgari tiene parangón con la mar océana, habitual escenario de sus exóticas historias de piratas o aventureros. Ya sea el Mediterráneo de la Liguria, el Caribe antillano de los filibusteros, el Mar de los Sargazos, que circunda las islas Bermudas, el Mar de la China y las aguas turquesas de las costas de Malasia, e incluso las de los fríos mares árticos de la Estrella Polar.

El narrador veronés, aprendiz de marinero y después capitán de barco con apenas 19 años, escribió más de ochenta novelas y una también ingente cantidad de cuentos destinados a los jóvenes lectores. Jóvenes que, según Salgari, “tenían necesidad de libros que templasen en ellos el sentido viril, que los preparasen para una vida de atrevimiento, el sentimiento de la libertad personal, que les infundieran afición a los viajes, a los riesgos, a las hermosas aventuras.”

Asimismo, en sus obras hubo cabida también para toda clase de peripecias transcurridas en tierra firme, como son las que el fecundo Salgari desarrollaba en las selvas de la India, las frondosas junglas malayas, las ardientes arenas del desierto del Sáhara, el enigmático Egipto de los faraones, o los lejanos territorios del oeste de los Estados Unidos. Lugares en donde el autor esbozaba con una exuberante imaginación y capacidad de fabulación, personajes y héroes que en sus intrépidas hazañas encarnan los sentimientos o principios más fundamentales del hombre, como la amistad, el amor, la justicia, el honor, o el de amparo de los más débiles.

En sus realistas e intensos relatos, descritos con detalle y pulso trepidante, Salgari también instruye al lector en el conocimiento de la fauna y la botánica endémica de cada región. Así como en lo referente a la historia, la geografía o las costumbres locales de sus pobladores; las etnias, el lenguaje o las etimologías pormenorizadas, que dan en su conjunto una idea más exacta del paisaje y el paisanaje autóctono del lugar donde ocurren los hechos, y que el escritor narraba siempre de una manera clara y amena. Aun a pesar de que él no los hubiera visitado o conocido personalmente. Si bien el propio Salgari asegura en sus memorias que entre los 18 y los 23 años viajó por el Pacifico como capitán en diferentes barcos, y que sus personajes más famosos están basados en los individuos reales que conoció en aquel tiempo.

Pero el suicidio del padre, la enfermedad mental de su mujer y los graves problemas económicos que por lo general tuvo presentes, lo afligieron más aún penosamente los últimos días de su vida, a la que decidió poner fin con el suicidio ritual mal llamado vulgarmente harakiri, el 25 de abril de 1911, en la ciudad de Turín. A la cual se había trasladado después de casarse. Aunque antes de hacerlo dejaría escrita una elocuente carta dirigida a sus ingratos editores:

“A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semi miseria o aún peor, sólo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari.”

El pobre contrato firmado con Donath, su primer editor, le comprometía a hacer entrega de tres novelas al año por tan solo 4.000 miserables liras, que apenas le llegaban para cubrir los gastos más básicos de la familia, compuesta por su mujer y cuatro hijos; de los cuales dos de ellos seguirían los mismos pasos suicidas que sus predecesores.

En este aventurero ciclo de charlas homenaje a Emilio Salgari, que se inicia en la misma fecha en la que se cumple el aniversario de su muerte, se rendirá igualmente tributo a otros grandes autores de este género, tales como Julio Verne, Jack London, Karl May o Fenimore Cooper.


Lunes 25 de abril

La novela de aventuras
Eduardo Mendoza y Marta Rivera de la Cruz

Martes 26 de abril

Recordando a Salgari: un siglo de piratas
Ángeles Caso, Fernando Marías y David Torres

Miércoles 27 de abril

El autor como personaje: Julio Verne y Jack London
Alicia Jiménez Bartlett, Javier Sierra y Espido Freire

Jueves 28 de abril

El western en la novela: Karl May y Fenimore Cooper
Martín Casariego, Agustín Díaz Yanes y Lorenzo Silva



Fundación MAPFRE
Auditorio Recoletos
Paseo de Recoletos, 23
Madrid


Fotografía ‘Tigres’ © Fernando Torres

jueves, 31 de marzo de 2011

Gallimard cumple un siglo de edición



Con motivo del centenario de Ediciones Gallimard, la BNF expone un siglo de historia intelectual a través de la trayectoria de una de las más prestigiosas editoriales de Francia.

El dandi Gaston Gallimard, entusiasta hedonista hijo de un aficionado a coleccionar libros raros y arte impresionista amigo del pintor Auguste Renoir, fundaría en 1911 en París la editorial que lleva su nombre. Pues, a fin de cuentas, la casa de Éditions Gallimard era en realidad la prolongación de la célebre NRF (Nueva Revista Francesa), en sus comienzos coordinada por André Gide y Jean Schlumberger; los mismos con los que Gallimard crearía, el 31 de mayo de ese año, Éditions de la Nouvelle Revue Française, con sede en el 79 de la Rue Saint-Lazare.

Al año siguiente, Marcel Proust le proponía a Gallimard la publicación de su manuscrito, ‘Del lado de Swann’. Obra que en un principio fue rechazada por el grupo, a pesar de la opinión favorable de Gallimard, por tratarse de un escritor frívolo, catalogado como de “Rive droite”. Dos años más tarde, percatándose del gran error cometido, Gide, Gallimard y Rivière tratan de recuperar a Proust, que por entonces publicaba en Grasset, la editorial de la competencia con domicilio social en la Rue des Saints-Pères. La obra de Proust, primer volumen de La Recherche, reaparece publicada en 1917, por fin engrosando ya el catálogo de la NRF. En aquel tiempo la guerra había disgregado a muchos autores y colaboradores de la editorial. Poco después, en 1919, Proust ganaría el Premio Goncourt por ‘A la sombra de las muchachas en flor’.

Ya en los años treinta, la nueva sede en el inmueble del 5 Rue de Sébastien-Bottin era un hervidero de la inte-lectualidad francesa de la época. En los pequeños despachos de la editorial Gallimard trabajaban incansables André Malraux, Raymond Queneau y Jean Paulhan leyendo manuscritos, redactando informes, preparando colecciones, antologías o libros de arte. A veces las innumerables reuniones se celebraban incluso en la misma calle, en el exterior del tramo antes conocido como Rue de Beaune; otras en los modestos cafés del barrio de la Rive Gauche o en el sótano del Hotel Pont-Royal, en la vecina Rue de Montalembert.

En los primeros años cuarenta, durante la ocupación nazi, Gallimard tuvo que bregar con los arbitrajes fascistas de la ‘Propagandastaffel’ alemana, que imponía sus propios criterios editoriales. Entretanto, Paulhan era el depositario de los manuscritos que le eran secretamente remitidos para las publicaciones clandestinas de la Resistencia.

Entre las muchas vicisitudes por las que atravesaba el gremio editorial en aquellos días, estuvo también el trágico suicidio del decepcionado Pierre Drieu la Rochelle, por entonces director de la NRF y adscrito a la ultraderechista Action française, poco después de abandonar el cargo en 1943; es decir, el 15 de marzo de 1945, tras un primer intento fallido el año anterior.

Gallimard, sintiéndose ya mermado de fuerzas para continuar, fue progresivamente dejando paso en el poder a su hijo Claude. Gaston Gallimard murió el 25 de diciembre de 1975, a la edad de 94 años.

Otra guerra muy distinta es la que comenzaron los herederos de Gallimard en 1988, tras el reparto de su patrimonio. El hijo de Gaston y segundo gran director de la editorial, Claude, y el segundo varón, Antoine, actual gerente de la empresa, que dispuso de un porcentaje mayor de las acciones. Y por otro lado, la amenaza de la posibilidad de la compra de la entidad por alguna depredadora compañía extranjera sin escrúpulos comerciales.

En la nómina de esta ilustre institución de la cultura francesa figuran nombres de la historia de la literatura y el pensamiento del siglo XX como Proust, Gide, Claudel, Aragon, Breton, Malraux, Joyce, Faulkner, Camus, Sartre, Queneau, Yourcenar, Duras, Kerouac, Saint-Exupéry, Bataille, Michaux, Ionesco, Pinter, Blanchot, Modiano, Le Clézio, Tournier…, o Kundera, que en estos días es noticia por su reciente ingreso en la prestigiosa biblioteca de ‘La Pléiade’.

Actualmente y hasta el 3 de julio, para celebrar el aniversario de Gallimard se muestra una exposición que reúne los tesoros de la BNF (Biblioteca Nacional de Francia) y de otras bibliotecas, y los archivos inéditos del editor, como manuscritos, correspondencia, ediciones originales y fotografías diversas. La exposición cuenta, además, con la colaboración del INA (Instituto Nacional del Audiovisual) para iluminar y poner sonido a todo el conjunto de la memorabilia de ‘Gallimard, 1911-2011: un siècle d’édition’.

A estos interesantes contenidos se ha sumado también la proyección del documental ‘Gallimard, le Roi Lire’, del realizador William Karel.



Más información

Página web de Ediciones Gallimard

Página web de la BNF


Enlaces de interés

Milan Kundera ya es inmortal, artículo de El País

‘Gallimard, le Roi Lire’, documental de William Karel

Gallimard et nous, en Le Nouvel Observateur

Entrevista a Antoine Gallimard, por Juan Cruz


Montaje Gallimard/Rue Sébastien-Bottin © Fernando Torres

viernes, 18 de marzo de 2011

‘Fukushima mon amour’


A poco más de un año vista del brutal terremoto que aquel 27 de febrero sacudía Chile, del cual tuve una visión cercana a través de la crónica que me enviaba desde Santiago la escritora chilena Freya Hödar –un testimonio directo y más humano que las frías estadísticas vertidas en las noticias que por entonces saturaban los medios de comunicación, los mismos medios que ya habían sido recientemente des-bordados por el gran cataclismo de Haití del 12 de enero–, el escritor David Torres me invitaba a asistir, el pasado día 2 de marzo en Madrid, a la presentación de su última nove-la, ‘Punto de fisión’. Un libro que se compone de cuatro historias y que se inicia con un relato ambientado en la hecatombe nuclear de Chernobyl, protagonizado por Sergei, un niño al que la mafia ucraniana obliga a penetrar en la zona de exclusión, contaminada por la radioactividad, para recuperar importantes objetos de valor allí depositados.

Parecía una broma macabra del destino que, apenas unos días después, este nuevo terremoto acaecido en Fukushima el pasado viernes 11 de marzo, de catastróficas consecuencias agravadas por el devastador tsunami posterior, nos fuera a recordar tanto lo sucedido en Chernobyl. Pues ha supuesto, además del número de víctimas y daños materiales propios de un seísmo de una magnitud de 8,9 grados en la escala de Richter, la amenaza real de un más que probable accidente nuclear como el acontecido en Ucrania en 1986, contra lo que aún se está luchando denodadamente una semana más tarde con el fantasma de Hiroshima en la memoria como una pesadilla imborrable.

Algo a lo que afortunadamente no tuvieron que enfrentarse los japoneses durante el terremoto de 1995 en Kobe, ciudad donde pasó su infancia el novelista Haruki Murakami, y a la que regresó tras el terremoto después de haber vivido en Europa y América desde 1986, a raíz de su exitosa ‘Tokio Blues’. Más tarde, Murakami escribiría sobre el trágico desastre natural que conllevó la muerte de 5.000 personas, otras 300.000 sin hogar y la destrucción de gran parte de las importantes infraestructuras portuarias de Kobe.

Por otra parte, también curiosamente, la casualidad ha querido que el escritor Kenzaburo Oé, premio Nobel de Literatura en 1994, escribiera la víspera del seísmo de Fukushima un artículo en el que rememora la vida de un pescador de su generación expuesto a la radiación durante una prueba de la bomba de hidrógeno en el atolón de Bikini. El artículo apareció publicado en la edición vespertina del diario Asahi el 15 de marzo. Oé, autor de ‘Notas sobre Hiroshima’, afirma que “Japón ha entrado en una nueva era”.

Sin duda, los efectos estocásticos del accidente nuclear se dejarán sentir también en la literatura. Es necesario exorcizar las obsesiones, como así lo hiciera Marguerite Duras con el guión de la memorable película de Alain Resnais, ‘Hiroshima mon amour’.

“Y después saldremos para volver a ver las estrellas”. Dante.


Más información

Imaginario de la literatura japonesa
Japón y el sombrero de las cumbres


Enlace de interés

Freya y ‘El Anillo de Fuego’

Fotografía de la Central de Fukushima fuente Público

domingo, 6 de marzo de 2011

Los desajustes de Philip K. Dick



“Cuando pierdes la razón alcanzas el conocimiento perfecto”. Jack Kerouac

El controvertido y prolífico escritor de relatos y novelas de ciencia ficción estadounidense, Philip Kindred Dick, se caracterizó por el tratamiento psicológico que daba habi-tualmente en sus obras a los personajes. Generalmente, alternando siempre un tono pesimista con algunos matices hilarantes, en una trama donde los protagonistas se debaten en la eterna pugna entre el destino y el libre albedrío.

Con frecuencia sus historias resultan surrealistas fantasías en las que los actores van descubriendo que sus vidas cotidianas son realmente una ilusión creada por poderosas entidades exteriores, por grandes complots o conspiraciones políticas, o simplemente por los acontecimientos que son dictados por un inverosímil narrador omnisciente, al que deben enfrentar el determinismo y la voluntad propia sin olvidar la baza que juega siempre el inescrutable azar.

Philip K. Dick declaró abiertamente que muchas de sus obras y pensamientos estuvieron influidos por los trabajos del suizo Carl G. Jung, fundador de la teoría de la psique humana denominada psicología analítica, opuesta a la doctrina freudiana del psicoanálisis. El propio Dick –más tarde visiblemente esquizofrénico a tenor de sus relatos– estuvo en tratamiento con un psicoterapeuta discípulo de Jung durante su adolescencia. Si bien en sus últimos años sufrió de una paranoia aguda que reflejó de forma patente en novelas como ‘Una mirada a la oscuridad’, ‘Ubik’ o ‘Fluyan mis lágrimas, dijo el policía’.

Las especulaciones junguianas que más inquietaban a Dick eran los paradigmas de lo inconsciente colectivo, las alucinaciones o proyecciones colectivas, las sincronías del destino y su teoría de la personalidad. Por ello, de una manera u otra, Jung ha estado siempre muy presente en sus obras; los personajes de sus historias analizan la realidad y sus percepciones en esos términos junguianos que el autor conocía tan bien.

Dick estudió en la Universidad de Berkeley, y allí participó en programas de radio y simpatizó con el mundo de la contracultura al que pertenecían, entre otros, los adeptos al movimiento ‘Beat’, experimentando con drogas psicoactivas. Aunque, muy al contrario que Aldous Huxley, por ejemplo, Dick negaría que éstas hubieran influido en su obra. No obstante, es sabido que el autor de la ucrónica ‘El hombre en el castillo’, ganadora del Premio Hugo en 1963 (el mismo año de la muerte de Huxley), fue un adicto a las anfetaminas y, en menor medida, consumió LSD iniciado por su colega Ray F. Nelson. Si bien, curiosamente, lo hizo después de escri-bir ‘Los tres estigmas de Palmer Eldritch’, novela “lisérgica” por excelencia.

Una vez más, en esta ocasión dirigida por George Nolfi, ha sido llevada al cine otra de las novelas de este escritor perturbado, cuyo titulo original en inglés era ‘The Adjustment Bureau’ (La oficina de ajustes), y que aquí figura con el rótulo de ‘Destino oculto’.



Más información

Página web oficial de Philip K. Dick

Premio Philip K. Dick


Enlace de interés

Trailer de la película ‘Destino oculto’

Fotografía del trailer © G. Nolfi / Universal Pictures

sábado, 12 de febrero de 2011

El ‘blues’ es más triste sin Gary Moore


Algo tan natural y consustancial a los seres vivos como es el hecho del óbito, a los contemporáneos del fallecido, y siempre según el grado de la empatía debida, nos producirá, además de sorpresa por no esperada, el efecto lógico de una noticia lamentable. Más o menos dolorosa dependiendo de la pro-ximidad, el apego o la pasión que sintamos o nos una al interfecto.

A veces, como ha ocurrido en esta ocasión, puede resultarnos como un jarro de agua fría. Sobre todo a los numerosos prosélitos que, todavía incrédulos, recordarán –aun sin encontrarle ningún sentido– el coro de la famosa canción tradicional irlandesa que Gary Moore versionó junto a Phill Lynott cuando ambos pertenecían a Thin Lizzy, es decir, ‘Whiskey in the Jar’: “Musha rig um du rum da / Whack fol the daddy O”, que cuenta la historia de un bandolero que es traicionado por una mujer, sin que quede muy claro si se trata de una amante o una prostituta.

Como un jarro de agua fría habrá sido sin duda para muchos amantes del blues y el rock la sorprendente noticia de la muerte del guitarrista norirlandés, el pasado domingo 6 de febrero, en que hemos visto ese whiskey de la jarra transfigurado en el agua amarga que no queremos creer –y menos beber–, pero que nos ha convulsionado a todos como un inesperado baño a bocajarro. Un sorpresivo e inclemente aguacero, ahora que hasta “el cielo está llorando” su repentina muerte.

Robert William Gary Moore, nacido el 4 de abril de 1952 en Belfast, ha muerto debido a causas naturales, según informaron las autoridades competentes. Su cuerpo fue hallado sin vida –y, al parecer, sin señales de violencia– en la habitación del Kempinski Hotel Bahía de Estepona (Málaga), cuando contaba 58 años de edad y el alcohol (champagne, brandy) y la brisa del Mediterráneo colmaban su espíritu. Las pruebas apuntan a un posible infarto, nada tan turbulento como lo que se narra en la vieja canción popular irlandesa. Aunque, si se quiere ver así, en circunstancias no exentas de cierto romanticismo para un bluesman, que, con su trágica muerte, alcanzará sin duda más aún la categoría de mito. No olvidemos, por ejemplo, que Jimmy Hendrix, otro grande de la guitarra al que Moore admiraba, murió en un hotel londinense por una sobredosis de cocaína.

Vaya desde aquí un sentido homenaje a este magnífico guitarrista y su maravillosa música de imborrable recuerdo. Homenaje al que me sumo a través de la audición de todos y cada uno de los temas del memorable e imprescindible ‘Blues alive’. Porque “todavía tengo el blues”, y su blues seguirá siempre vivo entre nosotros.



Enlaces de interés

Página web oficial de Gary Moore

Vídeo ‘Parisienne walkways’

Noticia sobre la muerte de Gary Moore en ‘The Sun’

Fotografia de Gary Moore fuente ‘Rock Blox’

viernes, 4 de febrero de 2011

El viaje de Nikolai Roerich

Nacido en 1874 en la vieja ciudad de los zares, San Petersburgo, Nikolai Roerich abandonó todo siendo un artista y humanista notable para emprender un viaje de conocimiento por Asia Central.

En agosto de 1925, su expedición partía de Cachemira y atravesaba las cumbres del Karakorum, para detenerse por un periodo de cuatro meses en la ciudad de Hetián, y a finales de enero de 1926 atravesar el enigmático desierto de Taklamakán –que en la lengua de los uigures significa “si entras nunca saldrás”, y del que ya nos habló Marco Polo en su célebre ‘Libro de las maravillas’–, un desierto dentro de otro, el de Gobi, situado en el mismo corazón de Asia.

Roerich cruza las Tien Shan (Montañas celestiales) y llega a Urumchi, en la depresión de Dhungaría, para poste-riormente, en marzo, cruzar el lago Zajsan a los pies de las Altai –cordillera que tiene su comienzo al sur de Siberia, se prolonga en Mongolia, y haciendo frontera con China, declina en el desierto de Gobi–. En siete meses había recorrido más de dos mil quinientos kilómetros por la región más misteriosa e ignota de Asia, cuya mitología esotérica corresponde a las más remotas civilizaciones de la Tierra. A su regreso a Rusia portaba un mensaje, el cual le había sido transmitido por los mahatmas (grandes almas). El mensaje fue conservado cuidadosamente en los archivos soviéticos del estado, y sólo fue dado a conocer cuarenta años después, en 1965, en la revista ‘Mezhdunarodnaya Zhizn’ (La Vida Internacional). Era un mensaje de salutación para el gobierno ruso y una arqueta que contenía tierra del Tíbet, para la tumba de Lenin. Roerich fue recibido en audiencia y cortésmente escuchado por varios dirigentes políticos de la por entonces Unión Soviética. Además, uno de sus espléndidos lienzos, en concreto Maitreya el conquistador, fue destinado al Museo de Arte de Gorki.

Tanto el credo hinduista, como las doctrinas del Tao, las distintas formas del budismo y, hasta las variantes mágicas del chamanismo de Mongolia y Siberia, coinciden en señalar un lugar exacto y desconocido, donde moran los dioses desde la noche de los tiempos. Ese ombligo del mundo es Shambala. En el budismo tibetano mítico, un reino rodeado de montañas, en el cual hay una ciudad, y en ella un palacio real cuyo jardín alberga el mandala de la rueda del tiempo o kalachakra.

Respecto a esos misteriosos personajes con los que Roerich contactó en su singular viaje iniciático, la realidad histórica relaciona a los uigures, una etnia de remoto origen turco, como a una calidad de servidores o intermediarios de los señores de Shambala. La expedición de Roerich atravesó toda aquella zona en busca de su realidad ancestral, hasta que más tarde como afirma, establece contacto con los mahatmas Morya y Koot Hoomi en la oriental Shambala.

En 1928 funda un seminario para el estudio de materiales etnográficos y arqueológicos en Nagár, en el valle del río Kullu, en las inmediaciones de Cachemira, fijando allí su residencia desde ese mismo año, de donde partiría tres años atrás, y del Ladakh, cuyos primeros pobladores provenían de las laderas del Monte Kailas, y el Tíbet, donde la sincrética realidad del mito shambálico pervivía. Allí vivió pintando, escribiendo, ampliando sus conocimientos sobre arqueología o plantas e impregnándose de ese pensamiento superior hasta 1947, año en el que fallecería, un 13 de diciembre. Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas enterradas en una ladera, frente a las montañas que tanto amó y pintó en muchas de sus casi siete mil obras.

Actualmente se puede contemplar gran parte de su obra pictórica visitando el museo que lleva su nombre en la ciudad de Nueva York, en 319 West 107th Street. O también en el Centro Internacional Roerich, que se encuentra en Moscú, y que está dedicado también a su mujer, Helena Roerich, con quien fundaría la Sociedad Agni Yoga.

El pasado año, en Madrid se celebró ‘La Marcha de la Paz’ y el 75º aniversario del ‘Pacto Roerich’.

Más información

Página web oficial del Museo Roerich

miércoles, 19 de enero de 2011

Elliott Murphy, un americano en París

Elliott Murphy debutó en el año 1973 con un disco llamado 'Aquashow'. La acogida del público y las buenas críticas en revistas del ramo como Rolling Stones, o también Newsweek y New Yorker, aplaudían el talento del nuevo artista musical, y hubo quienes lo llamaron el nuevo Dylan o el nuevo Scott Fitzgerald del rock’n’roll. Quizá viendo una relación de influencia en su poética como letrista entre la de Bob Dylan como poeta del rock y la del escritor Francis Scott Fitzgerald como novelista.

Pero Elliott Murphy huía de esas etiquetas sabiéndose un cantautor original, y durante todos estos años ha perma-necido fiel a su propio estilo en sus ya treinta discos como cantante y guitarrista. Su genio poético y su destreza para contar historias en el corto espacio de una canción, le han valido a Murphy el apelativo de músico genuino.

Comenzó con la compañía Polydor, pero sus siguientes éxitos, 'Lost Generation' y la conocida 'Night Lights' (con Billy Joel), fueron grabados por RCA. Más tarde vino el contrato con la discográfica Columbia, quien le editó, en 1977, 'Just a story from America' (con Phil Collins y Mick Taylor).

Años después, debido a algunas desavenencias con las discográficas, se traslada a Europa, donde funda su propia compañía de discos tras haber tocado en las calles de Amsterdam, París o Roma. Neoyorquino residente en París, es admirado por muchos colegas del panorama del rock, y cuando Bruce Springsteen da un concierto en la ciudad del Sena, no duda en llamarle para tocar juntos en el escenario.

Además de prolífico compositor, Elliott Murphy es un apasionado lector y también como escritor ha publicado una compilación de relatos, y en 1989, la novela 'Frío eléctrico', traducida a varios idiomas. Como dato curioso, hay que recordar que el músico aparece inesperadamente men-cionado en la novela ‘Los detectives salvajes’, de Roberto Bolaño, al cual Murphy compara con su admirado Jack Kerouac.

El 26 de septiembre de 2008 ofreció en París un concierto gratuito como colofón de la exposición que se inauguró el día 10 de ese mismo mes: ‘Elliott Murphy – Last of the Rock Stars – Retrospective’, que se pudo ver en 70, Rue de Bonaparte, junto a la Place de Saint-Sulpice, en la sede de la Junta del distrito 6º. Una exposición antológica que reunió algunas de las fotografías, affiches, portadas de discos y objetos personales fruto de sus por entonces treinta y cinco años de carrera como músico.

“La literatura es mi religión, pero el rock’n’roll es mi adicción”, asegura el propio Murphy, que después de ‘Notes from the underground’ (2008), este año ha publicado un nuevo trabajo de estudio grabado en Le Havre, Nueva York y París que lleva por título simplemente ‘Elliot Murphy’, que ha producido su propio hijo, Gaspard Murphy, y en el que aparece su inseparable compañero, el gran guitarrista Olivier Durand, y su banda habitual, The Normandy All Stars. El álbum cuenta, además, con las colaboraciones del ya fallecido Willy DeVille, Kenny Margolis, Laura Mayne, Alain Chenneviere y Lisa Lowell.

Elliott Murphy, acompañado esta vez únicamente por el brillante Olivier Durand, presentó hoy los temas del nuevo disco en un concierto de tres horas de duración en la sala Clamores de Madrid. Un veterano club de la noche madrileña que el próximo 25 de julio cumplirá treinta años de existencia.


Más información

Página web oficial de Elliott Murphy

Vídeo ‘A touch of kindness’ (2007)

Fotografía de Durand y Murphy © Fernando Torres